sábado, 30 de enero de 2010

El Gaviero y el Mar: fragmentos literarios para navegantes

Foto: Ana Santos Payán

Buscar el principio es como intentar descubrir las fuentes de un río. Se pasa usted varios meses remando contracorriente, bajo un sol abrasador, entre altísimas murallas de jungla chorreante, con los mapas empapados de humedad desintegrándose en las manos. Lo enloquecen a usted las falsas esperanzas, los malignos enjambres de insectos picadores, y las añagazas de la memoria, y lo único que se saca en claro, al final –la última Thule de tan ridícula búsqueda–, es un humedal de la selva o, tratándose de un relato, una palabra o un gesto perfectamente desprovistos de sentido. Y, sin embargo, en algún lugar más o menos arbitrario del largo recorrido entre el humedal y el mar, el cartógrafo clava la aguja de su compás, y es ahí donde nace el Amazonas.
Lo mismo me pasa a mí, cartógrafo del alma, cuando busco el comienzo de la crónica de mi vida.

Sam Savage, Firmin, Booket, 2009.

miércoles, 27 de enero de 2010

Perder los papeles


Ha llegado de mil formas: con la timidez de los compradores, con las preguntas de los amigos y de los periodistas, con los ajustes presupuestarios, con los números encarnados. Se ha colado cada mañana en nuestras casas al encender la radio, como ese maldito día de la marmota, como una insoportable letanía.

Sí, gavieros, la crisis también se ha posado sobre el sector del libro. No vamos a decir lo contrario, a estas alturas no estaría bien mandar mensajes engañosos como hacen algunos políticos y gestores. No vamos a ser un país menos culto, ni vamos a ser peores personas por reducir nuestro gasto en libros…

La pandemia crisis, zarandea estos días nuestra gavia con un hecho que, si bien pudiera parecer insignificante, en realidad nos ha provocado gran desasosiego. Dos grandes casas papeleras se han fusionado recientemente. Su unión ha supuesto que desaparezcan muchos productos de sus respectivos catálogos, entre ellos algunos de los papeles mágicos sobre los que imprimíamos las palabras de los gavieros.

Os pedimos disculpas a todos. Los cambios son obligados. A quienes coleccionan, compran y disfrutan estos pequeños detalles de nuestras ediciones, les prometemos que seguiremos buscando tacto, textura, aroma, tono y musicalidad similares en los recién llegados papeles.


Ana Santos y Pedro J. Miguel

lunes, 25 de enero de 2010

Recuerdos salamandrios: Dulce o salado?

Presentación del número doble de Salamandria: azúcar o sal, en los Jacintos. Madrid, invierno de 2004.

1 La Bellas Varsovias.
2 Francisco Martínez Morán, Paz Cornejo, Alejandra Vanessa, Ana Gorría y Elena Medel.
3 Óscar Santos y Elena Medel.

Fotos: Ana Santos Payán

domingo, 24 de enero de 2010

El Gaviero y el Mar: fragmentos literarios para navegantes

Foto: Ana Santos Payán

La sangre es un mar inmenso

La sangre es un mar inmenso
que baña todas las playas...

Sobre sangre van los hombres,
navegando en sus barcazas:
reman, que reman, que reman,
¡nunca de remar descansan!

Al negro de negra piel
la sangre el cuerpo le baña;
la misma sangre, corriendo,
hierve bajo carne blanca.

¿Quién vio la carne amarilla,
cuando las venas estallan,
sangrar sino con la roja
sangre con que todos sangran?

¡Ay del que separa niños,
porque a los hombres separa!
El sol sale cada día,
va tocando en cada casa,
da un golpe con su bastón,
y suelta una carcajada...

¡Que salga la vida al sol,
de donde tantos la aguardan,
y veréis cómo la vida
corre de sol empapada!

La vida vida saltando,
la vida suelta y sin vallas,
vida de la carne negra,
vida de la carne blanca,
y de la carne amarilla,
con sus sangres desplegadas. . .

¡Los niños, fascinados,
se van levantando,
y rodean a la madre,
que los abraza formando un grupo con ellos,
pegados a su alrededor. Continúa!:

Sobre sangre van los hombres
navegando en sus barcazas:
reman, que reman, que reman,
¡nunca de remar descansan!

Ay de quien no tenga sangre,
porque de remar acaba,
y si acaba de remar,
da con su cuerpo en la playa,
un cuerpo seco y vacío,
un cuerpo roto y sin alma,
¡un cuerpo roto y sin alma!

Nicolás Guillén, "Poema con niños", El son entero, ( 1947).

A Luna, que siendo niña recitó estos versos en el Ateneo de Madrid, en el espectáculo de danza Nos Vos Tros dirigido por Gustavo de Ceglie en 1996.

jueves, 21 de enero de 2010

Ya a la venta la segunda edición de Cuánto dura cuanto de María Eloy-García que incluye un apasionante poema fotonovelado

María Eloy-García, Cuánto dura cuanto.

Seguido de un poema fotonovelado.

Ilustración: Cristina Llorente

ISBN : 987-84-935544-1-5

PVP: 16 €

Datos técnicos

Segunda edición, 500 ejemplares numerados.

80 páginas.

24 x 14,5 cm.

Papel: estucado mate de 115 g.

Cubierta: Creator silk 350 gr.

Tipos: Caslon, Verdana y Haettenschweiler.

miércoles, 20 de enero de 2010

Recuerdos unamunianos

Foto: Presentación del libro en la Casa Museo de Miguel de Unamuno en Salamanca.

El último café

Era el último día de 1936, y Salamanca había amanecido cubierta por una capa de hielo delgada y quebradiza como azúcar escarchado. En contra de lo que muchos pensaban, tras el incidente del 12 de octubre, don Miguel de Unamuno no estaba secuestrado en su propia casa. Se trataba tan sólo de un encierro parcial y voluntario. Para demostrarlo, salía todas las tardes, de tres a cuatro, a dar un pequeño paseo y a tomar un café en la plaza Mayor. Filomena era entonces una niña. Sus padres eran vecinos de don Miguel, y a ella le gustaba seguirlo, con disimulo, desde la entrada de su casa hasta la puerta del café Novelty. A Filomena le fascinaba ese anciano vestido siempre de negro y con esa barba blanca que le recordaba el algodón de azúcar que vendían en las ferias. En alguna ocasión, la niña había creído observar que a los dos los seguía, a gran distancia, un hombre gordo, con aspecto de policía despistado. Don Miguel andaba muy despacio y encorvado, como si le costara abrirse paso entre la niebla o le doliera atravesar el aire frío que azotaba algunas calles. Pero, cuando llegaba cerca del café, bajo los soportales de la plaza Mayor, se ponía muy erguido y entraba con paso firme en el local. Filomena seguía observándolo a través de los cristales. Sin quitarse el abrigo, el anciano se sentaba muy cerca de la cristalera que daba a la plaza. Lo hacía con actitud desafiante, sin importarle que los otros le dieran la espalda o no se atrevieran a mirarlo.

Luis García Jambrina, Muertos S.A. (El Gaviero Ediciones, 2005). Fragmento.

domingo, 17 de enero de 2010

El Gaviero y el Mar: fragmentos literarios para navegantes

Foto: Ana Santos Payán

Cádiz, en las murallas,
29 de enero.


Aun cuando el mar es grande,
como es lo mismo todo,
me parece que estoy ya a tu lado...
Ya sólo el agua nos separa,
el agua que se mueve sin descanso,
¡el agua, sólo, el agua!

Juan Ramón Jiménez, Diario de un poeta reciencasado.

domingo, 10 de enero de 2010

El Gaviero y el Mar: fragmentos literarios para navegantes

...la blusa azul, y la cinta
milagrera sobre el pecho.
J. R. J.

—Madre, vísteme a la usanza
de las tierras marineras:
el pantalón de campana,
la blusa azul ultramar
y la cinta milagrera.

—¿Adónde vas, marinero,
por las calles de la tierra?
—¡Voy por las calles del mar!

Rafael Alberti, Marinero en tierra.

sábado, 9 de enero de 2010

Recuerdos arácnidos



Lectura del poemario Araña (El Gaviero Ediciones) de Ana Gorría, con el acompañamiento musical de Juan Gómez Espinosa. Almería, 2005).

domingo, 3 de enero de 2010

El Gaviero y el Mar: Fragmentos literarios para navegantes



Allen era un buen muchacho, pero muy poco marino. Por más que yo intenté explicarle las maniobras, no pude. Miraba al mar como algo sin interés. Tenía espíritu de labrador.

Otro hombre bueno en el fondo era Franz Nissen, el timonel. Hablaba muy poco, y nunca de su vida. Era un buen marino aquel hombre silencioso. Zaldumbide me contó que, estando en el servicio -parece que había servido en la Marina danesa-, un oficial, injustamente, le mandó azotar. Poco tiempo después, Nissen, una noche, regó con petróleo la cama y el cuarto del oficial y les pegó fuego. Después se escapó no sé cómo.

Mi mejor amigo en el barco era Allen. Él conocía mi vida y yo la suya. Estábamos unidos como si fuéramos hermanos.

Su amistad me hacía más llevadera mi estancia en El Dragón. Charlábamos; yo le enseñaba lo que sabía. Él hablaba. Así pasamos meses y años en medio de peligros continuos.

Hicimos una porción de viajes llevando desgraciados negros de Angola y de Mozambique al Brasil y a las Antillas.

Nunca llegué a acostumbrarme al espectáculo de miseria y de horror que ofrecían; casi siempre me metía en el camarote, para no ver aquellos desdichados. Zaldumbide los trataba bien; pero eso no evitaba que el espectáculo fuera repulsivo.

El Dragón no era de aquellos clásicos negreros que podían considerarse como ataúdes flotantes. Estaban bien estudiadas la capacidad de aire, la cantidad de agua necesaria y la manera de evitar la infección y los miasmas pútridos. Zaldumbide comprendía que su negocio no estaba en dejar morir a los negros.

Por lo que me decían todos, antes de llegar yo al barco se llevaban partidas grandes de ébano, y la tripulación se mostraba dócil. En mi tiempo, la mitad de los días los marineros estaban sublevados. Se salía de estos peligros a la buena de Dios.


Pío Baroja, Las inquietudes de Shanti Andía.