Nunca os habéis preguntado qué libros leen vuestros juguetes cuando se quedan solos en casa?
un día abres la despensa y ves
la planta abierta de una patata lenta
que surgió de repente
María Eloy-García
Donde se cuenta cómo el navío se volcó con todos los que dentro dél iban
Parece que el autor desta historia sabía más de enamorado que de historiador, porque casi este primer capítulo de la entrada del segundo libro le gasta todo en una difinición de celos, ocasionados de los que mostró tener Auristela por lo que le contó el capitán del navío; pero en esta tradución, que lo es, se quita por prolija y por cosa en muchas partes referida y ventilada, y se viene a la verdad del caso, que fue que, cambiándose el viento y enmarañándose las nubes, cerró la noche escura y tenebrosa, y los truenos, dando por mensajeros a los relámpagos, tras quien se siguen, comenzaron a turbar los marineros y a deslumbrar la vista de todos los de la nave, y comenzó la borrasca con tanta furia que no pudo ser prevenida de la diligencia y arte de los marineros; y así, a un mismo tiempo les cogió la turbación y la tormenta. Pero no por esto dejó cada uno de acudir a su oficio, y a hacer la faena que vieron ser necesaria, si no para escusar la muerte, para dilatar la vida; que los atrevidos que de unas tablas la fían, la sustentan cuanto pueden, hasta poner su esperanza en un madero que acaso la tormenta desclavó de la nave, con el cual se abrazan, y tienen a gran ventura tan duros abrazos.
Mauricio se abrazó con Transila, su hija, Antonio con Ricla y con Constanza, su madre y hermana; sola la desgraciada Auristela quedó sin arrimo, sino el que le ofrecía su congoja, que era el de la muerte, a quien ella de buena gana se entregara, si lo permitiera la cristiana y católica religión que con muchas veras procuraba guardar; y así, se recogió entre ellos, y, hechos un ñudo, o por mejor decir, un ovillo, se dejaron calar casi hasta la postrera parte del navío, por escusar el ruido espantoso de los truenos, y la interpolada luz de los relámpagos, y el confuso estruendo de los marineros; y, en aquella semejanza del limbo, se escusaron de no verse unas veces tocar el cielo con las manos, levantándose el navío sobre las mismas nubes, y otras veces barrer la gavia las arenas del mar profundo. Esperaban la muerte cerrados los ojos, o por mejor decir, la temían sin verla: que la figura de la muerte, en cualquier traje que venga, es espantosa, y la que coge a un desapercebido en todas sus fuerzas y salud, es formidable. [...]
Miguel de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Sigismunda.
(Seleccionado por Francisco José Martínez Morán)

Quiero llegar al mar para salvarme
quiero llegar al mar
que desconozco para huir de la furia
del árbol y la piedra
quiero llegar al mar inalcanzable
para seguir aquí
con la esperanza de huir eternamente
un día la mar de tierra y horizonte
que crece dicen al final de mi calle
sin salida.
Quiero huir hacia el mar
que tengo cobijado
en mi profundo corazón tan solitario.
José Antonio Labordeta, Jardín de la memoria, Taifa poesía, 1985.

Fotos y selección de textos: Paco Lozano.


Alabanza para la sección 100
para los 43 afiliados de la Sección 100 del Sindicato de Trabajadores de Hoteles y Restaurantes, que trabajaban en el restaurante Windows on the World y que perdieron sus vidas en el ataque contra las Torres Gemelas
¡Alabanza! Alabado sea el cocinero rapado
y tatuado en el hombro con la palabra Oye,
un puertorriqueño de ojos azules con familia en Fajardo,
un puerto de piratas siglos atrás.
Alabado sea el faro de Fajardo, una vela
que brilla blanca para rendir culto al oscuro santo del mar.
¡Alabanza! Alabada sea la gorra amarilla de los Piratas de Pittsburgh
que el cocinero lucía en nombre de Roberto Clemente, y su avión
incendiado en mitad del océano cargado con latas para Nicaragua,
para todas esas bocas que sólo masticaban cenizas de seísmos.
¡Alabanza! Alabada sea la radio de la cocina, conectada
antes que el horno, para que la música y el español
subieran antes que el pan. Alabado sea el pan. ¡Alabanza!
Alabado sea Manhattan desde lo alto del piso 107,
como una Atlántida vislumbrada desde un acuario antiguo.
Alabados sean los ventanales de la cocina donde los inmigrantes
entornaban los ojos y casi veían su mundo, y oían el canto de las naciones:
Ecuador, México, República Dominicana,
Haiti, Yemen, Ghana, Bangladesh.
¡Alabanza! Alabada sea la cocina matutina,
donde el gas brillaba azul en cada fogón
y los extractores disparaban sus diminutas hélices,
las manos cascaban huevos con rápidos pulgares
o descuartizaban cajas de cartón para levantar un altar de latas.
¡Alabanza! Alabada sea la música del ayudante, el tintineo
de la vajilla y la cubertería en el barreño.
¡Alabanza! Alabado sea el fregón, el friegaplatos
que trabajó esa mañana porque otro friegaplatos
no dejaba de toser, o porque necesitaba horas extra
apilando sacos de arroz y frijoles para una familia
que flotaba a la deriva en alguna isla caribeña plagada de ranas.
¡Alabanza! Alabada sea la mesera que escuchaba la radio en la cocina
y cantaba para sí misma sobre un hombre que se fue. ¡Alabanza!
Despúes del trueno más salvaje que el trueno,
despúes del profundo temblor en el vidrio de los ventanales,
despúes de que la radio callara como un árbol lleno de ranas aterradas,
despúes de que la noche reventara el dique del día e inundara la cocina,
por un tiempo brillaron los fogones en lo oscuro como el faro de Fajardo,
como el alma del cocinero. Alma, digo, aunque los muertos no puedan hablarnos
de los pelos erizados en la barba de Dios, porque Dios no tiene rostro,
alma, digo, para nombrar a los seres de humo lanzados en constelaciones
a través del cielo nocturno de esta ciudad y de ciudades venideras.
¡Alabanza!, digo, aunque Dios no tenga rostro.
¡Alabanza! Cuando la guerra comenzó, desde Manhattan y Kabul
dos constelaciones de humo se levantaron y se acercaron a la deriva,
mezclándose en el aire helado, y una dijo en afgano:
–Enséñame a bailar. No tenemos música aquí.
Y la otra contestó en español:
–Yo te enseñaré. Música es todo lo que tenemos.
Martín Espada, de Soldados en el jardín, El Gaviero Ediciones.
(Traducción: Diego Zaitegui y Pedro J. Miguel).