lunes 19 de marzo de 2012

Epidermia de Sara R. Gallardo Por Juan Andrés Garcia Román


La poesía y otras enfermedades

Sara R. Galardo y Juan Andrés García Román. Foto: Ana Santos Payán
«Mi poesía es fruto del dolor / no de la primavera» (p. 25) reza uno de esos haikus rotos con que a modo de declaración de principios, se abre esta Epidermia (El Gaviero, 2011) libro inaugural de la poeta Sara R. Gallardo (1989), una de las nuevas voces que reivindican un espacio en el panorama, tan difícil siempre de dibujar, de la poesía española contemporánea.
El dolor, un dolor de realidad que desearía distanciarse de la quejumbre lírica decimonónica y de la historia de la poesía en general, incluida la más reciente, la generación inmediatamente anterior, para la que la queja era asumida en el mismo gesto de búsqueda de sentido, en una problematización de lo real y un análisis exhaustivo de “lo visible”. Y es que una de las características más notables de muchos de los (y sobre todo las) poetas más jóvenes (algunos de ellos reunidos en la antología Tenían veinte años y estaban locos, La Bella Varsovia, 2011), es el prurito de realidad, hiperrealidad y hasta feísmo. Pues si bien ello no desbanca paradójicamente el gusto por la imagen inquietante o audaz, sí contribuye al predominio de lo rabiosamente vital (reivindicación incluida o no) sobre el afán especulativo, intelectual o lingüístico.
Dentro de esta tendencia, la poesía de Sara R. Gallardo es una de las que más airadamente se rebelan contra el discurso heredado, hasta el punto de lograr incardinarse en la coordenada (¿en la tradición?) de la anti-poesía, del anti-poema, la preferencia por lo carnal y lo corporal («La piel nos conduce a lo ajeno», p. 35) frente a lo literario y lo simbólico. En este sentido, el libro propone un viaje a la intimidad del yo lírico a lo largo de sus tres secciones, desde el aforístico “Cuaderno de rastrojos” al hamletianamente disconformestream of consciousness de “Cartas mitológicas”, pasando por “Historial”, segunda sección del libro en la que predomina el poema en prosa, novelado, narrativo. Sin embargo,   el camino hacia la (creciente) confesionalidad que vertebra el poemario no está desde luego privado de obstáculos y de preguntas por la propia legitimidad de la poesía, hasta el punto de que el relato de la historia íntima vaya ligado a la subversión del decir contra la capacidad representativa o apelativa. Porque, en fin, a lo que asistimos es a un suicidio textual, a la conciencia de una vivencia propia e inintercambiable, así como a la rabia por no poder expresarla o hacerla perdurar en las palabras del otro, de los otros, unos otros de repente percibidos como enemigos.
Ocurre por ejemplo que a medida que avanzamos en la lectura, vamos siendo conscientes de que el tú apelado en los poemas no es un deíctico al uso, sino que parece corresponderse con una y solamente una identidad real y empírica o biográfica. Entretanto, el lector va tornándose en ineficaz compañero de viaje de esa maniobra de desguace, desmonte, de lo literario. Hasta que acabamos asistiendo a un tono que no por epistolar es menos inefable y un discurso que, aun desbordante, percibimos cada vez más solo, y hasta desesperadamente solo, como apunta en su prólogo José Luis Piquero: el aria de un solista en un teatro vacío. «Gatina» (p. 81) es como se hace llamar en uno de esas cartas el sí mismo, el yo, recordando que en algún tiempo el destinatario de la carta la llamaba así. Porque nadie comprenderá su significado excepto ella, la Sara R. Gallardo que escribe y no la que se refleja en el dudoso espejo de sus versos. «Gatina», dice, igual que quien dibuja en el tronco de un árbol un corazón de una forma irrepetible. Igual también que las palabras «Oh Isidoro» y «Oh lenguaje» con las que Alejandra Pizarnik “ensució” una pizarra antes de morir. Su último poema, el que no puede escribirse, el verdaderamente suyo: «Y eso me hace recordar la forma exacta y el color exacto de tus ojos, tus ojos diferentes, tus ojos-fantasma, el cíclope que compartíamos. Y siempre tuviste una mancha en el brazo, una mancha parecida a Gran Bretaña» (p. 86). Hablamos por tanto de una experiencia no representativa, no asimilable tal vez a un yo distinto al de la autora. Nadie tal vez volverá a decir «Gatina»; y esto puede recordarnos al balbuceo incomprensible del niño de Auschwitz Hurbinek, sus “palabras” (mass-klo matisklo) que seguramente evocaban un nombre propio o un juego infantil, pero sin realidad para los que lo rodeaban, por más que Primo Levi tomara buena nota de ello.
Así pues, la marca del yo, del relato autobiográfico, el yo de las cartas y de los poemas, que constituyó para Käte Hamburger el eje en torno al cual giraba toda posibilidad de lo lírico en cuanto género literario, se topa aquí con la palabra de quien no quiere ser ese sujeto lírico, quien no desea entenderse ni sentirse entendido, consolado en el mal de muchos de la literatura. La poeta parece detestar el reconocimiento de su talento poético y la capacidad para tener un acceso a lo social por esa extraña vía de emergencia que es el poema y sus ancianos conceptos -palmadita en la espalda incluida- de belleza, bondad, enamoramiento: «y amamos la belleza. eso lo sé. yo amo. llamas bonitos a mis ojos. Como si la poesía pudiera ser bonita. no amas mis ojos. no amas la belleza de mis ojos. amas, al fin y al cabo, la idea. al fin y al cabo, al fin, no son mías las golondrinas. no son míos ni los picos ni el amor. Como otros dijeron exigieron “aparta, aléjate de mí, llévate, sucia, de aquí, estos poemas”» (p. 46).
Esto es, nos hallamos muy cerca de los poemas finales y de renuncia de la austriaca Ingeborg Bachmann («¿Debo exprimir la libido de las consonantes?») de su “Ningúndelicatessen”. Y bien sabemos que en alemán la palabraDelikatessen no se refiere sólo al bouquet para un paladar exquisito, sino también a la carne, la carne muerta de las charcuterías; la carne, la piel, el cuerpo del delito ejercido por los otros, “lo ajeno”, en definitiva.
No es, por lo tanto, en vano que de las bécquerianas golondrinas se singularice el “pico”, la boca que devora, que picotea, y no la garganta que canta o las alas que vuelan. La poesía no es bella ni tampoco inocente. Además, la poesía no puede decir, no sabe generalizar sin idealizar, sin sublimar lo que sencillamente no desea ser reconocido como amor. Tampoco los poemas de Sara R. Gallardo quieren ser poemas de amor. Y sin embargo Epidermia es en gran medida, o acaso en toda su medida, un cancionero o anti-cancionero amoroso. Los poemas adquieren a veces la apariencia de adolescentes cartas de amor, -“Posible contestación a las cartas no recibidas” (p. 80 - 81)- pero se trata solamente de eso, una apariencia, porque el discurso sabe al pie de la letra el camino de su extinción, de su revocación. El aparente desaliño de los versos encabalgados o de los fragmentos en prosa, a veces sonoramente indiferenciables del verso, adquiere su dimensión y también su verdad cuando nos revela sus torsiones, sus requiebras, su hesitación y su coherente incoherencia.
Pero hay, para finalizar, un aspecto más que, al hilo de lo que estoy diciendo, se me antoja verdaderamente significativo, lo es, de esta (anti-) poética, de esta diría que “voz propia” de la que Epidermia es testimonio. Quiero referirme a cómo la expresión de la denuncia y la reivindicación de unos principios o valores éticos se vuelca en el poema por mediación de un desvío, o, por la misma lógica distorsionada, lo confesional se deriva de un circunloquio, de una incapacidad de decir y, también de un “afuera” (eso que llaman “extimidad” y se relaciona con la expresión de estados personales en redes sociales y, por tanto, públicas).
Es curioso, en efecto, que todos los aparentes “buenos” valores de nuestro estado social sean abordados por sus contrarios, analizados extramuros, como si al verlos a contraluz expresasen mejor a un ser humano que ya se encuentra completamente preso de la máquina que instrumentalmente construyó. Creo que existe una relación directa en el hecho de que el sujeto (del conocimiento, de la ciencia y la técnica, del discurso) sea contemplado mejor desde la perspectiva del objeto y el hecho de que amor sea reivindicado desde su materialidad: el sexo por ejemplo (como en el conmovedor poema “Filme”). Y en este orden de cosas, también resulta elocuente que la ternura o la piedad sean reclamadas desde el odio, desde la voz impía e inhumana de un “ello” monstruoso.  
Ocurre con el poema en el que una mujer -en realidad un usuario de cualquier chat y a la vez el trasunto más depravado y triste de la prostituta baudelairiana- recibe un mensaje electrónico incierto y casi terrorífico: «Ven, anda. Solo puedes inspirar pena. // A veces deseo ser tú. Pero luego pienso en tu inválida existencia, en tu miseria. Y, sí, entro a ver si estás. Ahí, enchufada a la corriente. Drogada, creyendo que esto se parece a la vida» (p. 60-61). ¿Pero quién está escribiendo? Eso no lo sabemos, quizás un algo o un alguien que, como el egoísmo o los monstruos de nuestra vieja razón, ha llegado a suplantar nuestra identidad. Una identidad que sabemos viva en libros como Epidermia, precisamente porque en sus páginas los conceptos de verdad, intimidad o poesía continúan buscando una definición.  
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domingo 18 de marzo de 2012

MI PADRE ES LA BOMBA por Juan Manuel Gil

El Gaviero Ediciones publica un anticipo del próximo libro de Juan Manuel Gil para felicitar con humor y cariño a todos los padres. 
Foto: Ibáñez

1.
[En la puerta de mi casa. Mi padre en una silla. Yo sentado en la acera.]
Yo: Menudo día. Parece que esté empezando el verano.
Mi padre: Éste ha venido con ganas de hablar.

2.
Yo: ¿Papá, quién ha arreglado el termo?
Mi padre: Sí.

3.
Mi padre: Niño, ¿qué es exactamente eso del facebook donde dice tu hermano que salgo?
Yo: Una red social creada por Mark Zuckeberg, cuya infraestructura principal está formada más de 50.000 servidores que usan distribuciones del sistema operativo GNU/Linux usando LAMP.
Mi padre: Me gusta.

4.
Yo: Voy a venir a verte todos los días.
Mi padre: Eso será uno de tus poemas, ¿no?

5.
Yo: Qué difíciles son las despedidas, papá. Ella está ahí, pero a la vez ya no está. Ni yo tampoco. Es algo raro. Y sin saber muy bien cómo decir las cosas. ¿Sabes de qué te hablo?
Mi padre: Ahora vengo.

6.
Yo: Debería tomarme algunas vitaminas. Últimamente me siento muy cansado.
Mi padre: Eso va a ser de hablar.

7.
Mi padre: Te quiero.
Yo: ¿Qué?
Mi padre: Es broma.
Yo: Y yo.
Mi padre: Que es broma.

8.
[Al teléfono]
Yo: Papá, ¿cómo estás hoy?
Mi padre: Espera, que es tu madre la que lleva ese asunto. Te paso con ella.

9.
Yo: Este sistema electoral es una gran estafa.
Mi padre: Uf, qué pereza, Juan. Antes prefiero que te arranques con uno de tus poemas.

10.
[Viendo el telediario]
Mi padre: Niño, tú no hiciste la mili, ¿no?
Yo: No, ¿por?
Mi padre: Nada. Por la zapatiesta que está al caer. Te habría venido bien tener unas nociones básicas.

11.
Mi padre: Juan, ¿tu móvil tiene teletexto?
Yo: No.
Mi padre: Entonces, ¿por qué cóño lo miras tanto?

12.
Yo: Paparl, ¿para cuándo ese pedazo de árbol de navidad, pecador de la pradera?
Mi padre: Juan, estás sobrevalorado en Almería. Te lo digo sin rencor.

13.
Yo: Papa, dime una frase para Facebook que esté a la altura de este día. Un aforismo revelador de los tuyos. Una temática guapa y auténtica. Un electrón verbal. Un calambrazo léxico.
Mi padre: Eres adoptado.

14.
Mi padre: Juan, de qué me suena eso de "Todo es insignificante, nada es tan preocupante, y el espacio es un lugar tan vacio sin ti, Lady Blue". ¿Lo has escrito tú?

15.
Mi padre: Entonces, se cristaliza una idea en tu mente, sacas ese cuaderno negro, intentas darle la única forma posible, que en tu caso es la escritura, lo dejas un tiempo que repose, vuelves al texto para sacarle brillo y, si consideras que capturaste con precisión aquella idea o emoción, das por terminado ese trabajo. ¿Es así?
Yo: Eso es.
Mi padre: ¿De verdad?
Yo: Que sí.
Mi padre: Juan, las cosas que tengo que aguantarte.

16.
Telefonista: ¿Acepta una llamada a cobro revertido?
Yo: Sí.
Telefonista: No cuelgue. Le paso.
...
Mi padre: Niño, tu madre pregunta que si vas a venir a comer.

17.
Mi padre: Juan, vamos a hacer un ERE en la familia. Quiero que sepas que a mí me duele más que a ti.

18.
Yo: Domingo soleado en el sur. ¿Se puede pedir más?
Mi padre: Ser pinchadiscos en una terraza.

19.
Yo: Me he pasado toda la noche escribiendo.
Mi padre: Juan, ¿tú por qué eres así? ¿Tu madre y yo te hemos hecho algo?

 (Almería, 1979). Está incluido en numerosas antologías. Formó parte de la primera promoción de artistas de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. Con 'Guía inútil de un naufragio' (DVD ediciones, 2004) ganó el Premio de Poesía Andalucía Joven. En breve se publicará un volumen de artículos bajo el mismo nombre que este blog. Escribe semanalmente en 'La voz de Almería'. En 2008  publicó con nosotros su primera novela: 'Inopia' que podéis comprar aquí.

Epidermia de Sara R. Gallardo por Diego Nieto Velasco



Si cada libro de poesía contiene la posibilidad de un país, puede que un chorro de sangre seca componga la bandera adecuada para Epidermia, el debut de Sara R. Gallardo en el panorama lírico joven. Que no cunda el pánico. Epidermia es un digno asalto a las múltiples voces que un autor ha de habitar antes de atarse al mástil de la propia, pero también un catálogo de ausencias y de pladur, de ventanas que no se cierran del todo y dan la bienvenida a los insectos en invierno. Sabe el lector desde el principio que no hay nada gratis en Epidermia, y quizá eso lastre un tanto al conjunto, demasiado solemne, preocupado en celebrar un paradójico aislamiento actualizado, táctil, aparentemente incapaz de levantar la mirada de las ruinas inevitables y proponer una huida, porque el dolor es un agradecido lugar de debate. 

Soledad, desarraigo, culpabilidad, confrontación con el mundo. No hay otro campo de juego que no sea el de la propia piel. Sara R. Gallardo devora la cáscara del huevo pese a sus aristas. Una piel irritada tras el placer. La difícil convivencia con el recuerdo revisitado, casi siempre puesto bajo sospecha. Las madres/ (ahora lo sé)/ nunca entraron a buscarnos. Las carencias culturales de una infancia suburbana. Pero ¿Estaba la solución en las bibliotecas de los otros niños? 

Muero porque me arrojo [...]/porque quiero vivir en el fuego, escribió Vicente Alexaidre. 

Dividido en tres partes: Cuaderno de Rastrojos como entrante salado, Historial que ilustra un Internet con su desengaño a domicilio, y la incómoda conciencia de las Cartas Mitológicas, Epidermia supera al personaje de Bruce Willis, y lo hace sin metralleta, pese a manejar bazookas en direcciones contrarias. Descalza ante una jungla de cristales rotos no duda en zapatear como un b-boy febril. Epidermia es sobre todo un sacrificio ritual que adquiere forma de confesión. Pero si la poesía confesional aspira a ser algo más que una mera purga, esta tiene que venir dotada de imagenes solventes. Así es como el poemario consigue abrirse paso entre zarzas. Y es que en Epidermia se puede leer que la piel conduce a lo ajeno, que es mejor morir de sed que de lenguas nómadas, que aún queda tanto deseo/ en medio de toda esta/ tristeza de sal, y de repente esa bandera herida empieza a tener sentido. Unas imágenes que progresivamente se van apeando de la sintaxis, creando un discurso sincopado, el de alguien desnudo que afila un hacha, sin saber qué quiere o debe hacer con él. 

La edición del Gaviero, en su colección Troquel, es tan singularmente frágil como la situación en entredicho del soporte físico de los libros, y sin embargo esta fragilidad se convierte en su razón de ser, en una defensa del libro como monumento físico a lo que guarda, una oda a las texturas, a lo no digitalizable. 

Epidermia nos devuelve la duda de si es más bella la hemorragia que la cicatriz.

Fuente: Blog del Festival de la palabra de Valladalid (2012)


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sábado 17 de marzo de 2012

Gavieros ante el Día Mundial de la Poesía

Se acerca el día de la poesía y nuestros gavieros se ponen en marcha: 

Sara R. Gallardo, autora de Epidermia,Alberto Santamaría, autor de Interior metafísico con galletaspresentarán su libros en el Festival de la palabra de Valladolid.

Elena Medel, autora de Vacaciones y Estíbaliz Espinosa, autora de papel a punto de, participarán en la fiesta de la palabra CoruñaMayúscula.

Verónica Aranda, autora de Postal de olvido, y Francisco José Martínez Morán, autor de Peligro de vida celebrarán la poesía en el Ateneo de Madrid.

José María Álvarez, autor de Sobre Shakespeare, será protagonista de este día en el Museo Ramón Gaya de Murcia.

Por último, en Almería El Gaviero Ediciones participará un año más en el la III edición de Poesía Bífida que coordina junto a Isabel Giménez Caro.




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viernes 16 de marzo de 2012

Petite interview

Entrevista de María Jesús Recio (Canal Sur) a propósito del octavo aniversario de El Gaviero Ediciones + lectura de Sara R. Gallardo (Epidermia, 2011). 

Agradecemos la recuperación de las imágenes de nuestra visita en 2006 al Instituto Cervantes de Nueva York para presentar la instalación sonora Jardín de versos. Así como el seguimiento, apoyo y sensibilidad que siempre hemos encontrado en los profesionales de la casa.


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jueves 15 de marzo de 2012

Peligro de vida de Francisco J. Martínez Morán por Alberto García Teresa

Francisco José Martínez Morán hace de la realidad materia prima para la literatura, pero dirigiendo su pluma hacia la realidad más dolorosa y vergonzante. Así, el escritor desenmascara la desigualdad al relatar en este conjunto de cuentos la vivencia de presos políticos, torturados, niños soldado, mendigos, prostitutas y menores vendidas a proxonetas, mujeres asesinadas, y víctimas de violaciones y de guerras. Todas estas historias nos resultan distantes y ajenas, al haber sido apartadas de nuestra mirada por nuestra cobardía, indiferencia o por los medios de información (salvo para convertirse en sustento del morbo o de la propaganda), cuando constituyen en verdad la base de nuestro sistema de vida. Por tanto, se trata de narraciones centradas en la injusticia, en la violencia, de gran dureza, pues no esquivan lo incómodo.
El resultado es un volumen muy duro, compuesto de microrrelatos y cuentos breves que despliegan una gran diversidad de estrategias narrativas, desarrolladas en primera, segunda o tercera persona. Emplea, afortunadamente, con escasa frecuencia la vuelta de tuerca final, y se posiciona en diferentes puntos de vista. Al respecto, sobresale el brillante uso de la ironía que hace el autor, al forzar la empatía con los corruptos o con los torturadores, mediante la que es capaz de ridiculizar (sin perder la tensión ni el dramatismo) la burocracia y la hipocresía de los políticos profesionales y de los poderosos. Algunas piezas resultan, en ese sentido, francamente brillantes.
Además, cabe destacar el certero prólogo de El Chojín, que relativiza la «anormalidad» de la crueldad.
Por tanto, el conjunto que constituye Peligro de vida presenta una atmósfera compacta, impactante, sin tibiezas, abrumadora, en definitiva, que dota al libro de una gran unidad y coherencia. De esta manera, el también poeta Martínez Morán ofrece con esta obra una propuesta narrativa muy interesante, arriesgada y valiente, que habla de los humillados sin robarles la dignidad, sino construyendo un mosaico que abre el campo de visión de la sociedad.

Francisco José Martínez Morán, Peligro de vida



Prólogo: El Chojin
Ilustración: Isabel Aranda
ISBN 978-84-15048-01-5
PVP 16 €

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