viernes 20 de noviembre de 2009

El Gaviero y el Mar: fragmentos literarios para navegantes


Era un viejo que pescaba solo en un bote en la corriente del Golfo y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez. En los primeros cuarenta días había tenido consigo a un muchacho. Pero después de cuarenta días sin haber pescado, los padres del muchacho le habían dicho que el viejo estaba definitiva y rematadamente salao lo cual era la peor forma de la mala suerte; y por orden de sus padres, el muchacho había salido en otro bote, que cogió tres buenos peces la primera semana. Entristecía al muchacho ver al viejo regresar todos los días con su bote vacío, y siempre bajaba a ayudarle a cargar los rollos de sedal o el bichero y el arpón y la vela arrollada al mástil. La vela estaba remendada con sacos de harina y, arrollada, parecía una bandera en permanente derrota

Ernest Hemingway, El viejo y el mar

lunes 16 de noviembre de 2009

Convocatoria gaviera. Antología digital consultada de poesía.



El Gaviero Ediciones os invita a participar en la selección de poemas de su próxima antología digital.

Si aceptáis colaborar, vuestro nombre aparecerá en la edición definitiva incluido en el equipo de antólogos.

Se trata de que nos enviéis el título del poema que más os gusta de cada libro (que hayáis leído) publicado por El Gaviero.

El plazo está abierto hasta el 24 de diciembre de 2009.

La intención es que vuestra antología pueda descargarse gratuitamente el día de reyes de 2010.

Gracias a la idea de uno de nuestros colaboradores nos embarcamos en esta aventura que quiere premiar vuestro criterio como lectores de poesía.

Enviad vuestra selección a:

elgaviero@elgaviero.com


Gracias de antemano.

www.elgaviero.com

sábado 14 de noviembre de 2009

El Gaviero y el Mar: fragmentos literarios para navegantes


Foto: Ana Santos Payán

Y por fin, en un imperceptible y elíptico crepúsculo, el sol descendió, y de un blanco ardiente pasó a un rojo desvanecido, sin rayos y sin luz, dispuesto a desaparecer súbitamente, herido de muerte por el contacto con aquellas tinieblas que cubrían a una multitud de hombres.

Inmediatamente se produjo un cambio en las aguas; la serenidad se volvió menos brillante pero más profunda. El viejo río reposaba tranquilo, en toda su anchura, a la caída del día, después de siglos de buenos servicios prestados a la raza que poblaba sus márgenes, con la tranquila dignidad de quien sabe que constituye un camino que lleva a los más remotos lugares de la tierra. Contemplamos aquella corriente venerable no en el vívido flujo de un breve día que llega y parte para siempre, sino en la augusta luz de una memoria perenne. Y en efecto, nada le resulta más fácil a un hombre que ha, como comúnmente se dice, "seguido el mar" con reverencia y afecto, que evocar el gran espíritu del pasado en las bajas regiones del Támesis. La marea fluye y refluye en su constante servicio, ahíta de recuerdos de hombres y de barcos que ha llevado hacia el reposo del hogar o hacia batallas marítimas. Ha conocido y ha servido a todos los hombres que han honrado a la patria, desde sir Francis Drake hasta sir John Franklin, caballeros todos, con título o sin título... grandes caballeros andantes del mar. Había transportado a todos los navíos cuyos nombres son como resplandecientes gemas en la noche de los tiempos, desde el Golden Hind, que volvía con el vientre colmado de tesoros, para ser visitado por su majestad, la reina, y entrar a formar parte de un relato monumental, hasta el Erebus y el Terror, destinados a otras conquistas, de las que nunca volvieron. Había conocido a los barcos y a los hombres. Aventureros y colonos partidos de Deptford, Greenwich y Erith; barcos de reyes y de mercaderes; capitanes, almirantes, oscuros traficantes animadores del comercio con Oriente, y "generales" comisionados de la flota de la India. Buscadores de oro, enamorados de la fama: todos ellos habían navegado por aquella corriente, empuñando la espada y a veces la antorcha, portadores de una chispa del fuego sagrado. ¡Qué grandezas no habían flotado sobre la corriente de aquel río en su ruta al misterio de tierras desconocidas!... Los sueños de los hombres, la semilla de organizaciones internacionales, los gérmenes de los imperios.

El sol se puso. La oscuridad descendió sobre las aguas y comenzaron a aparecer luces a lo largo de la orilla. El faro de Chapman, una construcción erguida sobre un trípode en una planicie fangosa, brillaba con intensidad. Las luces de los barcos se movían en el río, una gran vibración luminosa ascendía y descendía. Hacia el oeste, el lugar que ocupaba la ciudad monstruosa se marcaba de un modo siniestro en el cielo, una tiniebla que parecía brillar bajo el sol, un resplandor cárdeno bajo las estrellas.

Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, traducción de S. Pitol, Lumen.

(Gracias al gaviero desconocido)

miércoles 11 de noviembre de 2009

Polizón




domingo 8 de noviembre de 2009

El Gaviero y el Mar: fragmentos literarios para navegantes

Foto: Ana Santos Payán

“Mi refugio durante el día, cuando quería evitar a los pasajeros, era la gavia del palo mayor; trepaba a ella ligero ante los aplausos de los marineros. Me sentaba allí dominando las olas.

El espacio, que se extendía en un doble azul, parecía una tela preparada para recibir las creaciones futuras de un gran pintor. El color de las aguas era semejante al del cristal líquido. Largas y altas ondulaciones abrían en sus hondonadas puntos de fuga hacia los desiertos del océano: estos vacilantes paisajes volvían sensible a mis ojos la comparación que se hace en las Escrituras de la tierra tambaleándose ante el Señor, como un hombre ebrio. Por momentos se hubiera dicho que el espacio era estrecho y limitado, por falta de un punto de relieve; pero si una ola alzaba la cabeza, o se curvaba, imitando una costa lejana, o un banco de cazones pasaba por el horizonte, entonces había una escala de medida. La extensión se revelaba sobre todo cuando una neblina, reptando por la superficie pelagiana, parecía acrecentar la inmensidad misma.

Una vez que había bajado de la cofa del mástil como en otro tiempo del nido de mi sauce, siempre reducido a mi existencia solitaria, cenaba una galleta, un poco de azúcar y un limón; a continuación, me acostaba, bien en la cubierta del puente sobre mi abrigo, bien bajo el puente en mi coy: sólo tenía que extender un brazo para llegar de mi lecho a mi ataúd.”

Chateaubriand, Memorias de ultratumba, Ed. Acantilado, 2006, Libro VI. Cap. 5, pag. 266.


(Enviado por un gaviero amigo)

sábado 31 de octubre de 2009

El Gaviero y el mar: fragmentos literarios para navegantes

Foto: Ana Santos Payán

El ruido de las olas por la noche es un ruido de la noche; ¡y cuántos lo han oído en su propia alma, como la esperanza constante que se deshace en la oscuridad como un ruido sordo de espuma profunda! ¡Qué lágrimas lloraron los que obtuvieron, qué lágrimas perdieron los que consiguieron! Y todo esto, durante el paseo en la orilla del mar, se me tornó el secreto de la noche y la confidencia del abismo. ¡Cuántos somos! ¡Cuántos nos engañamos!

Fernando Pessoa, Libro del desasosiego.

viernes 30 de octubre de 2009

Todo tiene un límite. Especial día de los Fieles Difuntos.

Foto: Ana Santos Payán

TODO TIENE UN LÍMITE de Juan Pardo Vidal

Improcedente. Me ha hecho usted perder el tiempo, dijo el juez sin admitir a trámite la denuncia que Alberto había interpuesto, por sadismo, contra el médico residente que lo había atendido días antes en una sala de urgencias.
Se lo tuvieron que llevar de la sala los alguaciles cuando, al oír la sentencia, empezó a vociferar que él tampoco quería perder el tiempo, que no quería perder el tiempo, que no quería perder el tiempo, se le oía decir cada vez más flojito mientras se lo llevaban, casi en la sillita de la reina, camino de los calabozos.
Y eso que, en los antecedentes de los hechos, le había contado a su señoría con todo lujo de detalles que, tres meses atrás, salvó de las garras de la muerte a un pulgoso gato callejero tuerto del ojo izquierdo, que respondía al nombre de “piratilla”. Que tras abalanzarse éste, por séptima vez, bajo las ruedas del coche del vecino, había quedado, esta vez sí, tendido sobre el asfalto con parte de la masa intestinal ligeramente desubicada, frente a su casa. Y que lo llevó al veterinario, que era familia suya (el veterinario), y que éste, sin mucho convencimiento le hizo un arreglillo y sin más se lo devolvió porque le estaba poniendo la consulta perdida de pulgas.
Le contó al señor juez que a la mañana siguiente fue a verlo al capazo que en el garaje, a unos metros de la casa, había colocado a modo de UCIG. Y que, para sorpresa de propios y extraños, en un par de días el gato comenzó a maullar por su cuenta, se hizo un hueco en el reino de los gatos vivos y se lamió pacientemente las heridas, como hacemos todos.
Para entonces su mujer le había recriminado, con los brazos en la cabeza, el detalle del gato (dada la alergia respiratoria severa que ella sufría a estos felinos) y le exhortó a que le trajese de la ferretería unos metros de manguera para poder baldear el garaje, al menos un poco, en un vacuo intento de ahogar a la tropa de pulgas que se había hecho fuerte en la estantería metálica del fondo.
A Alberto, que estaba muy sensible y que estaba en esos días, el tono del requerimiento de su mujer lo compungió sobremanera y lo de la manguera le pareció una metáfora de algo que no pudo desvelar. Aun así, se fue a la ferretería, compró seis metros de manguera verde con malla antinudos y se la llevó a casa. Pero, sin saber exactamente por qué, en lugar de insertarla en el grifo, la metió dentro del tubo de escape del renault. El otro extremo lo atrapó al subir la ventanilla del coche y se echó a dormir en el asiento delantero. Todo tiene un límite, pensó mientras arrancaba el motor del coche.
No pasaron ni cinco minutos cuando su mujer volvió del trabajo y, mientras abría la puerta de casa, escuchó al piratilla rascando con desasosiego la puerta de la cochera, y ante la duda se acercó a ver qué demonios le ocurría al maldito gato. En unos segundos lo comprendió todo.
Si pudiera ser sincera diría que durante una décima de segundo pensó, en un gesto de amor incondicional, que lo dejaría marcharse, lo dejaría irse tal y como él había elegido. Pero rápidamente lo desestimó y le salvó la vida arrancando la manguera de la ventanilla, como unas semanas antes hiciera él con el gato. A mala idea. El gato maulló satisfecho porque con sus arañazos en la puerta había cumplido su venganza y le ronroneó un poco alrededor de las piernas. Como recompensa recibió un puntapié. Así que abrió las puertas del vehículo y llamó al 061 dando gracias a dios (y a Ra) porque su marido, aún inconsciente (que lo era), seguía vivo. Sollozando intentó, esta vez sí, acariciar al gato, pero éste, por precaución felina, salió diciendo fu como el gato.
En diez minutos llegaron con la ambulancia de carreras a la puerta de urgencias y en menos de doce ya estaba intubado, monitorizado y atadas las manos con correas a la cama sobre una mesa de observación. El doctor que lo atendió dijo que llevaba dieciséis horas de guardia intentando salvar vidas y que ahora le traían a un hombre que no la quería. Así que le puso un par de jeringazos de no sé bien qué en el suero de la vía para asegurarse de que no se le muriese, y luego, quitándose el fonendoscopio, cuidadosamente se lo puso a Alberto, yaciente, en sus oídos, colocándole con una tira de esparadrapo la campana sobre el pecho para que pudiera oírse claramente el latido de su propio corazón. Todo tiene un límite, dijo mientras se alejaba amenazando a cualquier enfermera que osara quitarle el fonendoscopio del pecho.
Así pasé aquella noche, señor juez. Si eso no es sadismo, dígame usted señor, qué es.