domingo, 31 de mayo de 2009

Un poema de Martín Espada

EL POETA EN LA NEVERA

para Brandon

–Tenemos un problema con Brandon
–dijo el ayudante del alcaide.
–Es poeta.

En el correccional
esa poesía del demonio disparó el puño de Brandon
contra la frente de otro interno.
La metáfora, ese genio vacilón, le hizo tirar
al suelo la bandeja de otro chico.
El estribillo staccato que rimaba en su cabeza
le ordenó que escupiera y maldijera
a enemigos que le sacaban cincuenta kilos.
El hambre de disciplina corroía sus entrañas.
Una y otra vez dos guardias lo arrastraban
hasta la nevera, una celda de aislamiento,
mampostería de silencio palpada por vagabundos alucinados,
rebeldes a la espera de ejecución, monjes en rezo.

–Entonces caímos –dijo el ayudante del alcaide.
–Él buscaba pelea para que lo encerrásemos
en aislamiento, donde pudiera escribir.

La nevera: allí la poesía era un saltamontes en el cuenco de sus manos,
lápiz cincelando letras a lo largo de su cuaderno
como gestas de un faraón sobre los muros de una pirámide;
metáfora derramada de la luz que atrapaba
en sus párpados, lámparas de palabras incandescentes;
rima armonizada por voces
de bisabuelas y aparceros cantantes de blues
cuando el sueño comenzaba a silbar en su aliento.
Y el frío era una manta para él.

–Hemos pillado a Brandon –dijo el ayudante del alcaide.
–Hemos dejado de castigarlo. Sabe
que cada infracción significa que se queda más tiempo aquí.

Esta noche hay poetas
que versifican vacaciones en la Toscana,
la villa en la colina, la luz del amanecer,
poetas que fijan su vista en la pantalla del ordenador
e imaginan mata-cucarachas
disuelto en el café
de la comisión que les negó su cargo;
poetas que apuran botellas de whisky
y orinan sobre los zapatos de sus discípulos;
poetas que no concilian el sueño al contemplar
la extinción del pentámetro yámbico;
poetas que miran al cielo, esperando que el poema
caiga como un rayo blanco a través de la oscuridad.

Brandon sueña con el castigo,
robar las llaves a un carcelero adormilado
y encerrarse en la nevera a escuchar
el rascar de su lápiz
como uñas en la piedra de la mazmorra.

Martín Espada, Soldados en el jardín
Traducción: Diego Zaitegui y Pedro J. Miguel