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sábado, 23 de febrero de 2013

9 años 9 libros. Sorteo.


Cumplimos nueve años y queremos celebrarlo regalando libros. Sortearemos un lote de nueve libros. Uno por cada año cumplido. 

Participar en el sorteo es muy fácil, sólo debes residir en España y seguir estos tres pasos:

Paso 1 - Seguirnos en Facebook: https://www.facebook.com/ElGavieroEdiciones y en Twitter: @anagaviera.

Paso 2 - Compartir este sorteo en el perfil de, al menos, una de estas dos redes sociales.

Paso 3 - Dejar un breve comentario en esta entrada acerca de lo que significa para ti ser gaviero.

Puedes participar hasta el día 28 de febrero. El día 1 de marzo daremos a conocer al ganador.

El lote de libros se compone de los siguientes títulos:

2005
2006
2007
2008
2009
2010
2011
2012
2013

¡Mucha suerte!

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lunes, 31 de diciembre de 2012

2012: Diario de a bordo



El Gaviero construye una nave para viajar a Marte y se enfrenta a la prueba de las cárdenas llanuras. Una escafandra protege apenas del veneno solar.

La expedición integrada por 300, mi padre y yo, busca lo que se escapa de una sonrisa.

Al borde de estos abismos palpita nuestro interior metafísico y se pregunta qué transgresión crea mundos.

Más allá sólo existe la magia de un velo azul, un ser de cuatro brazos que yace y sueña..., Visnu trabaja.


FELIZ 2013 a todos los gavieros!!


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jueves, 23 de agosto de 2012

Interior metafísico con galletas de Alberto Santamaría por Patricio Pron




Anthony Cronin cita en su biografía de Samuel Beckett (Samuel Beckett, el último modernista. Segovia: La Uña Rota, 2012) una, para sus estándares, inusualmente larga reflexión del escritor irlandés acerca de la ruptura entre el sujeto y el mundo:
 
"[...] la crisis empezó a finales del siglo XVIII. Los enciclopedistas estaban todos locos [...] Dieron a la razón una responsabilidad que lisa y llanamente no puede sostenerse, es demasiado débil. Los enciclopedistas aspiraban a saberlo todo... pero esa relación directa entre el yo y... como dicen los italianos, lo cognoscible, ya se había roto. [...] Leonardo da Vinci aún lo tenía todo en la cabeza, aún podía saberlo todo, pero ahora [...] Ahora ya no es posible saberlo todo. El vínculo de unión entre el Ser y el Objeto ya no existe" (568-569).
 
Beckett apunta aquí a la crisis de sentido que opera en su obra (articulada en torno al mandato contradictorio de expresarlo todo y la imposibilidad de hacerlo), pero también en buena parte de la sensibilidad modernista. Alberto Santamaría (véase también aquí y aquí) profundiza en esa crisis en su último poemario, Interior metafísico con galletas (bellamente editado por El Gaviero y prologado brillantemente por Rosa Benéitez): su tema no es tanto el viaje que hace una pareja (y que la reduce a "restos"), sino más bien la imposibilidad de establecer leyes de alcance universal sobre lo que observa la conciencia que narra. Esa conciencia lo experimenta todo de forma simultánea y fragmentaria, "desenfocando" la mirada para desnaturalizar sus vínculos con lo real en un procedimiento del que emerge una nueva forma de visión, un remedo de un nuevo pacto entre el sujeto y los objetos. Un nuevo procedimiento para no sucumbir ante unas cosas que nos son familiares al tiempo que profundamente ajenas, un pequeño esfuerzo para poner fin a la crisis de la modernidad.
  

Un poema: Himno a Ángels Barceló
 
ella dice atentado
y la piel se le enreda alrededor del ombligo como una cereza
es su deseo. atenta la cámara
y su palabra es el eco de las ochoymedia.
de su escote nace la mirada
de otro mundo. madre o lujuria
su piel es látigo y mi látigo sus labios
qué savia da forma a sus sílabas,
qué rojo débil su perfilador asesino.
da paso a los deportes, su sonrisa
abre la noche como un pan, y quietos
la esperamos. ella dice maltrato
y al fondo mis células son aves calladas, motores
que elevan la sangre a deseo. ella dice
y sus dientes inundan la cantina, y el aliento
del invierno repentino nos envuelve en el liso manto de su piel
bronceada en lo más profundo de diciembre. cenamos,
repican las últimas gotas en la ventana. sabemos
que en palestina han muerto cuatro y que en dakota
alguien inventa "el método definitivo para extender su pene".
ella lo dice y yo quisiera saber qué pájaros habitan entonces su vientre.
ella dice y nosotros creemos sorbo a sorbo en...
...quietos, silencio, alguien habla suavemente en su oído,
ángeles o cuerpos eléctricos. dicen, susurran
alguien habla. al otro lado, sí, al otro lado
pide paso rosa lerchundi.
 
 
Alberto Santamaría
Interior metafísico con galletas
Pról. Rosa Benéitez
Almería: El Gaviero, 2012
[Publicado el 21/8/2012 en el Blog de Patricio Pron]

lunes, 25 de junio de 2012

Interior metafísico con galletas de Alberto Santamaría por A. Sáenz de Zaitegui



Cosmos significa orden. En el caos no es posible controlar, dominar, no hay jerarquías. Es lo que hace el demiurgo: ordena. Entonces aparecemos nosotros. A los seres humanos nos gusta el jaleo. Nos regimos por una lógica ni musical ni matemática, sino ilógica. Tendemos a llamar las cosas por cualquier nombre menos el suyo. Vemos la paz, y decimos: “Las palomas, como tajos/ de edad envenenada, acuden/ al rito funerario del pan”. Esto nos reconforta enormemente. A veces no nos conformamos con arrasar la estabilidad divina, y una vez que la casa está en ruinas, pulverizamos las ruinas: “Como luciérnagas/ cuyo óxido hace felices a los durmientes”. Establecemos con nuestro entorno una relación de egoísmo feroz, que nos lleva a ver las cosas sólo en función de nuestra especie: “Un melocotón reserva pura su piel/ para mi instinto”. Si no hay palabra para denominarlo, no existe. 

“No existir no es el problema. Tenlo presente”. Interior metafísico con galletas mira el mundo con ojos de niño sabio. Describe la experiencia de ser en un universo donde la esencia parece imposible. Alberto Santamaría registra imágenes, sonidos, la secuencia de actos inconsecuentes que se llama vida. “Huele a Francia”, dice. La metafísica no es lo que está más allá de la física, sino lo que viene después. Aspirar al orden demiúrgico mientras estamos vivos y además somos humanos carece de sentido. No es a eso a lo que estamos destinados. Al metafísico le interesa la ruptura, los vacíos de información, esos espacios o tiempos de la realidad donde el demiurgo se esmeró menos: donde el orden es vulnerable al ariete humano. No basta con ver: hay que penetrar el objeto con la mirada, hacerle sentir incómodo, humanizarlo. Hace falta inteligencia y su doble exacto: sentido del humor. La física busca la ecuación última que explique el cosmos: por qué hay orden y no caos. Más escéptica, la metafísica sospecha que la jerarquía es sólo un disfraz de la anarquía. 

Interior metafísico con galletas cuestiona lo superficial por el procedimiento de analizarlo hasta la extenuación. Construido por Einstein en 1905, nuestro universo tiene fisuras que el metafísico convertirá en abismos. Es el fin del significado, la razón. Es el no a la ley. Es la creación, esta vez humana, desde el principio. 

Fuente: El Cultural

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viernes, 22 de junio de 2012

Hoy Pablo Gallo y Alberto Santamaría en la Librería Gil de Santander




Pablo Gallo, Hiperhíbridos
Prólogo: Eloy Fernández Porta
Textos: Basho Bin-Ho
ISBN: 978-84-15048-04-6
PVP: 18€
140 páginas microperforadas
Colección: Salamandria 9
Primera edición, 666 numerados.



Alberto Santamaría, Interior metafísico con galletas
Prólogo: Rosa Benéitez
Ilustración: Elena Pedrosa
ISBN: 978-84-15048-08-4
PVP: 16€
62 páginas
Colección: Guairo, 11
Primera edición, 666 numerados.

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miércoles, 13 de junio de 2012

Interior metafísico con galletas de Alberto Santamaría por Víctor del Río


Sobre “Interior metafísico con galletas”

“Nos sobran teorías sobre el paisaje” es uno de los versos que leemos en el nuevo libro de poesía de Alberto Santamaría. Otros anteriores, tanto Pequeños círculos (DVD, 2009) como B (El Desvelo, 2011), procedían de un paisaje postindustrial que servía de escenario para su exploración en el lenguaje, capaz de dibujar paisajes sin teoría, y es curioso cómo se vuelve metafísico ahora el escenario de cosas mundanas en este nuevo libro. Una obra prologada por Rosa Benéitez en un magnífico y certero texto que en mi opinión ilumina la poética de Alberto Santamaría. Por su parte, El Gaviero Ediciones vuelve a arropar con una impecable e inconfundible edición esta entrega.
Versos extraídos como objets trouvés de la prosa del mundo, fragmentos reelaborados para ocupar un lugar estratégico en el paisaje de cosas particulares en las que se posa la mirada cuando no estamos viendo en realidad esas cosas sino sus trasfondos. Si tuviéramos que hacer una iconografía del bodegón cubista, como sugería Thomas Crow, encontraríamos curiosas recurrencias objetuales que no distan tanto de las que ponían en marcha los pintores metafísicos o más tarde los surrealistas, y cuyos nombres de puras cosas son ahora los habitantes de un interior del lenguaje, tal como sugiere Rosa Benéitez. Así la obra poética de Alberto Santamaría podría ser la inversión de aquella metafísica de los objetos que en otro tiempo ha sostenido la náusea, lo siniestro, el extrañamiento o el ready made de un arte voluntariamente alienado. Lo metafísico se vuelve aquí un lugar vacío que tiende al humor de la obsolescencia y la desubicación, que nos hace mirar desde la tenaz cotidianidad que ya se encarga de desmitificarnos. La náusea es sólo nuestro propio asco ante la indiferencia de las cosas a nuestro paso. Pero lo que encontramos aquí es la ironía que se deriva de sostener la mirada de tales cosas, o del abismo devolviéndola. Como dirá otro de sus versos, “-Por algo llevas la misma peluca / que las cosas”… Esa tensión se presenta con un viraje hacia la sonrisa imprecisa inscrita en la escena que, como en el azar objetivo de los surrealistas, hace pensar si no habrá alguna voluntad que la organice con el recado de algo cómico que nos advierte.
Fuente: Avistamientos
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domingo, 10 de junio de 2012

Agustín Fernández Mallo y Raúl Quinto escriben sobre Interior metafísico con galletas de Alberto Santamaría


Libros chulos: Interior metafísico con galletas, Alberto Santamaría, edit El Gaviero.
Un libro al que me siento muy afín, empezando por el título, tomado de la pieza de Chirico, El gran interior metafísico con galletas (1915), y terminando por el poema Himno a Ángels Barceló, que pude oír de viva voz la primera vez que el poeta lo leyó, en Morille, allá por 2005. Entre medias, una meditación acerca de la metafísica próxima y muy carnal.
La llamada del metafísico (fragmento)

Sentado así, de esta forma –escribe ella/ mientras el teléfono comienza a sonar/ al otro lado de la casa–,/  tu cuerpo guarda un difícil equilibrio./ Un hámster atrapado en su propio laberinto/ sería un buen ejemplo/ de eso que trato de decirte./ La habitación es demasiado grande para los dos:/ lo adivinamos pronto frente al espejo./ Una cama estrecha. Muebles de época./ Una lámpara de araña en lo alto/ nos impide dejar de mirar hacia el techo:/ alucinados y precisos como máquinas/ tragaperras./ Hay humo por todas partes/ –arquitectura blanca bien hilada–./ Sobre la pantalla del televisor/ sintonizado en un canal de cocina/ nuestra sombra se llena/ lentamente/ de nieve gris/ y ruidosa./ ¿Qué nos habrá traído hasta aquí?/ ¿Qué será eso que nos hipnotiza/ más allá de la materia?/
No es la pregunta/ lo que nos inquieta realmente/ sino el sonido que golpea tus labios/ como agitadas alas de murciélago./ No son las preguntas –ni siquiera sus palabras–/ sino esta melódica sensación de vacío/ que metódicamente nos invade./ Observo su forma de decir/ “en aquel edificio verde viví cuando era joven”/ y luego “algo así como quien interfiere/ en tus pensamientos sin pedir nada a cambio”./
Observo./


Palpando superficies.

Un título certero: Interior metafísico con galletas. El mismo de un cuadro de Giorgio de Chirico. Ambos nos muestran su taller, su sala de máquinas, igual que una alucinación. Santamaría (Torrelavega, 1978) escribe con los dedos, como en braille, palpando la superficie de las cosas, buscando las fisuras o los límites, donde la solidez se convierte en niebla.  Describe, narra lo que sucede, nos enfrenta a la realidad material para ver que tras lo epidérmico se filtra siempre, si sabemos mirar, la profundidad. La filosofía y sus interrogantes acerca del mundo. En los límites de las cosas y las palabras. Nos hace interrogarnos sobre lo que es la naturaleza, la permanencia, el propio sentido de la lengua, mientras vemos el telediario, oímos sonar el teléfono o nos embelesamos con las motas de polvo chocando contra la bombilla. La lección de Wallace Stevens bien aprendida: la realidad como mantra. Pero siempre yendo más allá. Buscando “eso que nos hipnotiza más allá de la materia”(p.25).


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martes, 5 de junio de 2012

Interior metafísico con galletas de Alberto Santamaría por Unai Velasco



LA SOMBRA DE UN MELOCOTÓN

Alberto Santamaría, Interior metafísico con galletas,
El Gaviero Ediciones, Almería, 2012, 59 págs.

Wallace Stevens, poeta olímpico en la teogonía  de Alberto Santamaría (Torrelavega, 1978), que es la creencia, y no el dios, lo que cuenta.  Para la metafísica aristotélica —cuando todavía era necesario subir al ático para contemplar el mundo—  lo importante era, ante todo,  averiguar lo divino, aquella ciencia de las primeras causas. Hace mucho que no es dios lo que cuenta ya, pero sí la creencia, la percepción emocionante del mundo: No son las preguntas     —ni siquiera sus palabras— / sino esta melódica sensación de vacío / que metódicamente nos invade, afirma Santamaría. O como dice la cita de Boscán al principio del poemario: ¡Oh, revolver del cielo, que dispuso acá en el mundo un hombre tan confuso! Ya no sabemos qué es peor, si la curiosidad malsana por un qué supremo y por todo lo alto o la constatación, todavía más absurda y angustiosa, de que toda pregunta es inútil. Podremos borrar al dios, podemos borrar la pregunta y sus señas, pero queda acá la creencia dentro del hombre, queda acá algo que nos hipnotiza más allá de la materia.  Queda la predisposición humana como una matemática rara, con tendencia a infinito. Es lo humano, el mundo, explica Santamaría con una imagen maravillosa, quien nos pide arrancarle al día su secreto: Una lámpara de araña en lo alto / nos impide dejar de mirar hacia el techo. ¿Pero qué secreto? Este libro se pregunta, entre muchas cosas, por qué los objetos se desbordan. Santamaría no escribe sobre la metafísica, ni siquiera sobre lo que ahora, y como acabamos de explicar, entendemos por metafísica, sino sobre lo que el escozor metafísico provoca en el hombre. 

Santamaría, evidentemente, ha heredado de Stevens la propuesta fronteriza: de qué manera se dan la mano realidad y ficción, qué son estas cosas; por lo menos en El hombre que salió de la tarta (2004) y en Notas de verano sobre ficciones de invierno (2005), una vía reflexiva que guarda relación con sus consideraciones críticas que se pueden leer en su blog (hace muy poco, embistiendo contra el regreso de la crítica conservadora bajo las formas del reseñismo epatante y libertino de la blogosfera). Pero Santamaría es también un poeta vinculado a las bellas artes: no solamente porque maneje referencias (las vértebras pop de su poemario El hombre que salió de la tarta o la alusión a De Chirico y la pintura metafísica), conceptos (hay una clara idea de sublime en este libro, un tema sobre el que el autor ha escrito) y porque además es profesor de estética y arte contemporáneo en la Universidad de Salamanca, sino sobre todo por la calidad plástica de sus versos. De la estética del paisaje sublime, por ejemplo, Santamaría ha tomado la figuración para plantear el problema del metafísico, expresado en forma de desajuste de escala en el primer poema (La habitación es demasiado grande para los dos) o en el tercero (La playa tiene esta forma perpendicular a los hechos), la intimidad humana como un lío entre disposición y predisposición.

Interior metafísico con galletas tiene unas dimensiones más breves que sus anteriores poemarios, su tema está más acotado y quizá por ello tiene un tono más meditativo también sobre el cual se engarzan las imágenes de escuela surrealista (esa forma inusual de juntar palabras donde han militado Neruda, Gamoneda o Luisa Castro, por decir algunos). No encontramos la vertiente novísima que recorría Notas… y El hombre… (esa estética de culturalismo indie que ha practicado gente como Elena Medel en Mi primer bikini: Joey Ramone, Family…), pero permanece el interés por los cuerpos: la fruta, un motivo habitual en su poesía, nos recuerda cuál es el campo de batalla: el de lo sensible, los perfiles, los volúmenes, el juego de la luz: Nada de lámparas ni de genios. En mis ojos / cientos de miles de sensores actúan / para saber  / que esto es un cuenco y su fruta / roja y amarga. Así de simple. Nada más. / Un melocotón reserva pura su piel / para mi instinto.

*Reseña publicada originalmente en el número de junio de 2012 de la revista Quimera.

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viernes, 1 de junio de 2012

Interior metafísico con galletas de Alberto Santamaría por Fernando Sánchez Calvo



La metafísica es una parte de la filosofía que investiga acerca del ser y de sus principios, orígenes y causas primeras. 

Las galletas, aparte de estar muy buenas, son redondas (la figura preferida por los filósofos) y maleables (la textura preferida por los poetas). 

«¿Qué será eso que nos hipnotiza / más allá de la materia?» es una de las grandes preguntas que un incombustible poeta y crítico literario se hace en la última joya de la colección Guairo, quizás (aunque sólo sea por los once títulos ya publicados bajo esta franja) la más conocida de El Gaviero Ediciones. No es la primera vez ni la primera colección, no obstante, en la que metafísica y cotidianeidad comparten escenario en El Gaviero. Otro de los títulos más vendidos de la editorial, ¿Cuánto dura cuánto?, de María Eloy García (Colección “Cuarto Menor”), ya acertó a vislumbrar que es nuestras mascotas, en las cajeras, en las peluqueras y en la gente que nos rodea donde tenemos que buscar (léase, por ejemplo, De cuándo descubrí que la vecina del tercero B es la filosofía). Sea en las personas, como es el caso de la poeta malagueña, o en las cosas, como es el caso de Alberto, la materia prima para “entender” (en el significado literal de la palabra) la tenemos.

Pero volviendo a Alberto Santamaría y a su materia, es ésta, «¿Qué será aquello que nos hipnotiza?», una de las grandes preguntas y seguramente origen del resto de dilemas del libro, el que, a medio camino entre la filosofía (la cual nunca busca respuestas) y la eterna desventura del vivir cotidiano (el cual siempre las busca) encuentran el camino para hacer más visible lo visible. Si hay algo que no quede claro hasta ahora (seguro que todo), el magnífico, preciso y también metafísico prólogo de Rosa Benéitez al poemario dará más luz al lector que se enfrente a esta ni siquiera decena de poemas.

Lo único que esta claro, eso sí, es que hay que mirar de nuevo y mirar de un nuevo modo. Con nuevos ojos, con nuevas actitudes («No existir no es el problema. Tenlo presente / Es su propia naturaleza / la que nos retiene»), con nuevas aptitudes («Chupar /cabezas de marisco / es algo delicioso sólo a partir de los cincuenta») o incluso con nuevas asociaciones (Farfullando como un subastador con problemas de vejiga), con todo aquello que se quiera, pero siempre y cuando incluya la palabra “nuevo”. Al fin y al cabo un poema es eso y un poeta es ése: la nueva realidad que surge gracias a la asociación de dos antiguas realidades porque, eso sí: en la realidad y en la naturaleza de siempre es donde tenemos que mirar, sólo que de un modo distinto. Sólo así podremos comprender cómo una zapatilla de andar por casa puede llorar su soledad al lado de un sofá, cómo una piedra alguna que otra vez puede sufrir por no encontrar su esencia o cómo la misma Angels Barceló es capaz de narrar la noticia más anodina del mundo con la misma profundidad que podría relatarse el fin de nuestros días. Sólo encontrando una luz, una intuición, alguna explicación de soslayo en los agujeros de una galleta, a todo lo que nos rodea, podremos también comprender, maravillados, que dicha periodista merece ese himno.

domingo, 27 de mayo de 2012

Interior metafísico con galletas de Alberto Santamaría por Ariadna García


Interior metafísico con galletas, Alberto Santamaría

Por Ariadna G. García

Si hay algo que caracterice los libros de poemas de Alberto Santamaría (Torrelavega, 1978), es su ruptura de las convenciones del género lírico. Desde que publicó El orden del mundo (2003), al que siguieron El hombre que salió de la tarta (2004), Notas de verano sobre ficciones del invierno(2006), y Pequeños círculos (2009), Santamaría ha ido realizado un doble itinerario creativo: se ha acomodado al género (imágenes, métrica), pero a la vez, ha huido de sus reglas. La Poesía es una institución cultural, y por esa razón, se ofrece al cambio. Desde sus orígenes, ha evolucionado por un intenso juego de hibridación con otros modelos de representación de la vida y su heterogeneidad (los cantares de gesta, las leyendas populares, la épica culta…). Ya en el siglo pasado, la lírica llegó a fundirse, incluso, con los nuevos soportes discursivos (el cine, el cómic). Es decir, que los géneros se adaptan, dan respuesta a los lectores de cada época, gracias a los ensayos que algunos escritores realizan con ellos. Así, por medio del contacto intelectual entre pintores y poetas, nos legaron las Vanguardias el creacionismo, el ultraísmo, el dadaísmo y el surrealismo. En Estados Unidos, por ejemplo, también es evidente la influencia que ha ejercido la pintura abstracta en los poetas de la “Escuela de Nueva York” (Frank O´Hara, John Ashbery). Alberto Santamaría, pues, se suma con su obra al loable intento de enriquecimiento y de renovación del arte poético.

Interior metafísico con galletas toma su título de un lienzo del pintor romano Giorgio De Chirico, fundador del movimiento Escuela metafísica. Éste se caracteriza por la observación de objetos descontextualizados, a los que no se asigna su función habitual. De esta forma, a través del misterio, del extrañamiento que niega las expectativas culturales de quien mira los cuadros, se pretende encontrar el alma de las cosas. Esta es la idea, entre otras, sobre la que gira la película Dark City (1998), pero aplicada a los hombres. No hay nada consabido. Lo real es una cuestión creativa. Aquello que perdura, pese al cambio, debe de ser la verdadera esencia de los individuos. 

Alberto Santamaría, en Interior metafísico con galletas, también indaga. Con su obra propone a los lectores un viaje interior: la búsqueda implacable de sus miedos y la constatación de su vacío. Para lograrlo, se ha metido en la piel de un pintor. Los poemas son apuntes. El libro, una carpeta de esbozos. Y su casa, un taller donde ensaya posibles representaciones del mundo. No le sirven todas. Sólo acumula imágenes que connoten muerte o soledad (“latas oxidadas”, “lonchas de pescado” colgadas de un gancho, “vaso vacío”…). Santamaría construye paisajes estáticos, de los que hace cómplice al lector. (“¿Qué añadirías tú”?). Continuamente apela a su mirada para que complete la obra, y de este modo, la reciba con todos sus matices. La lectura se convierte en un acto de creación de sentido y de fijación de un horizonte estético.

El discurso expositivo del libro, la reflexión meta-literaria, el verso libre, el registro cotidiano, el carácter provisional de lo descrito, el desorden, la parodia, las dudas compositivas (“¿Puede faltar algo?”), suponen un esfuerzo titánico por asfaltar un nuevo carril al género lírico. En Interior metafísico con galletas lo real son piezas intercambiables, distintas formas que vienen a expresar la misma incertidumbre. Con todo, el poemario se alza sobre dos símbolos tradicionales: el viaje y la noche (del gusto de los poetas místicos), que garantizan la aventura del encuentro con la propia conciencia y su (posible) reconstrucción.

Alberto Santamaría ahonda en cuestiones existenciales con su poemario haciendo del modo de representación una nueva incógnita. Tranquiliza saber que cuando se fracturan los valores y las creencias en Occidente (lo que motiva la evolución de los géneros literarios), hay cosas que no cambian: que los mejores libros dialoguen con su momento histórico, y asuman su visión. Interior metafísico con galletas lo consigue de sobra.
Fuente: Culturamas

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jueves, 10 de mayo de 2012

Especial poesía en la revista DELIBROS por Irene Porras

El pasado mes de abril la revista DELIBROS dedicó un dossier a la edición de poesía. Del texto firmado por Irene Porrás hemos extraído las líneas que dedicaron a El Gaviero. Nuestro agradecimiento a Irene y a la revista por acordarse de nosotros.

Fuente: Delibros, 263, abril 2012

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jueves, 26 de abril de 2012

Interior metafísico con galletas de Alberto Santamaría por Luís Bagué Quílez


Metafísico estáis




El último libro de Alberto Santamaría (Torrelavega, 1976) toma prestado su título del cuadro homónimo de Giorgio de Chirico, fechado en 1916. En el lienzo se puede contemplar un taller pictórico y, en primer plano, un surtido de galletas enmarcado y dispuesto con cierto parecido antropomórfico. Una operación desfiguradora similar a la postulada por De Chirico nos propone Alberto Santamaría en este otro Interior metafísico con galletas, publicado cuidadosamente por El Gaviero. En las páginas del cuaderno asistimos al laboratorio de una escritura singular y al efecto de extrañamiento que despliega una ironía subversiva. El conflicto entre la realidad y el lenguaje -cuestión habitual en la obra de Santamaría- se tensa aquí en una dialéctica irresuelta. Solo el azar y la voluntad cristalizan en la intuición lírica o en el método adivinatorio que permite explicar "nuestro modo de (des)ordenar el mundo", según afirma Rosa Benéitez en la sugerente introducción del libro.

La sección inicial, El crucero del metafísico, está integrada por cuatro poemas extensos que registran los espacios en los que se desarrolla el ejercicio de reflexividad que denominamos meditación. La llamada del metafísico reconstruye el decorado preciso para el advenimiento de la idea. Se trata de un territorio abstracto y cotidiano al mismo tiempo, troquelado sobre un fondo doméstico y proyectado hacia un cielo "color mostaza". En Un paisaje interior (Alucinación metafísica en La Rochelle), la escenografía portuaria de una ciudad francesa proporciona el anclaje referencial de un canto dedicado a la hipnótica belleza de los desperdicios y a la caducidad de toda contemplación. En el siguiente texto, Farfullando con un subastador con problemas de vejiga (Las cosas del lenguaje), Santamaría se adentra en los desconciertos de lo visible y en las zonas de indeterminación que separan el dinamismo y la inmovilidad, el silencio y el verbo, la existencia y el vacío. El recorrido meditativo se tiñe de una tonalidad épica en la última pieza del apartado. El verano del metafísico (O el segundo viaje de Crispín précepteur, 1679) puede leerse como un peculiar ensayo sobre lo sublime -o, mejor dicho, lo contrasublime- en el que los objetos toman la voz y piden la palabra. Los últimos versos de la composición (-Por algo llevas la misma peluca / que las cosas) recogen el desafío de dos poemas de Pequeños círculos (2009): La peluca de las cosas (lo ignorado) y La peluca de las cosas II (After Nietzsche), respectivamente. En este caso, el diálogo metaliterario aporta nuevas pistas, pues el personaje de Crispín, que protagoniza la comedia de La Thuillerie que da título al texto de Santamaría, también aparece en The comedian as the letter C, de Wallace Stevens.

La segunda sección, Himnos (tres poemas), consagra otras tantas odas a personalidades y lugares que forman parte de la constelación mítico-cultural del autor. En Himno a Àngels Barceló, la conocida presentadora televisiva activa un panóptico discursivo que mezcla las noticias del día con una particular topografía del deseo. A su vez, Vaga escena interminable: adoración de Benidorm, ofrece un denso aquelarre vacacional o una microteoría del caos en la que convergen sujetos y objetos, voces y ecos, paisajes desolados y paisanajes comunes. Por último, Calor, destreza y filo cortante: breve excursus familiar utiliza una secuencia de la novela Submundo, de Don DeLillo, para convocar un autorretrato fragmentario en el que, nuevamente, los accidentes cotidianos son las únicas certezas filosóficas en las que puede refugiarse la persona enunciativa. 

En definitiva, Interior metafísico con galletas no solo confirma a Alberto Santamaría como uno de los grandes ironistas contemporáneos, sino que certifica una de las trayectorias poéticas más coherentes en un panorama que ya no merece el condescendiente adjetivo de joven. Su nuevo libro supone una gozosa oportunidad de sumergirnos en un universo deslumbrante. No me cabe duda de que Giorgio de Chirico lo habría propuesto como lectura obligatoria.


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viernes, 20 de abril de 2012

Interior metafísico con Galletas de Alberto Santamaría por Martín López Vega

Alberto Santamaría, Interior metafísico con galletas (El Gaviero). 

En su sutil libro El idilio americano. Ensayos sobre la estética de lo sublime(Universidad de Salamanca, 2005) Alberto Santamaría apunta a “un sublime desmoralizante, rebajado, paisajista y tecnológico” norteamericano opuesto (o complementario) al europeo. Sus libros anteriores no escasean en referencias a autores (sobre todo novelistas, pero no solo) norteamericanos, y van de unas referencias a otras con naturalidad. Pero quizás sea en este libro último donde todo eso aparece definitivamente asimilado y decantado, donde más claramente se distingue una voz distinta y propia. Para Santamaría lo sublime no es el oro, sino la parte oxidada del oro; lo sublime puede estar en un supermercado en Benidorm. Un sublime gastado y, también, vivido; un sublime proletario. Hay que aprender a buscar su oro escondido; no hay otra forma de vivir.

Fuente: Rima interna de Marín López Vega

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domingo, 8 de abril de 2012

Se abre el telón y aparecen...


Se cierra el telón. 

Cómo se llama la película?

Pista 1: los protagonistas habitan cerca del mar y sobreviven gracias a sus pequeñas alegrías y rutinas.
Pista 2: "Conmueve, arranca sonrisas y remueve la conciencia." (Carlos Marañón: Cinemanía) 


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martes, 27 de marzo de 2012

Interior metafísico con galletas de Alberto Santamaría por Álvaro Valverde



Si hay algo que domina el poeta cántabro Alberto Santamaría son los títulos de sus libros, siempre originales o, cuando menos, curiosos. Son una pista fiable para comprender con quién nos la estamos jugando. El último, publicado por la exquisita El Gaviero, se titula Interior metafísico con galletas y, de nuevo las sorpresas, está tomado de una cita del mismísimo José María Pemán (al que cuesta no poner el "don" delante).
Tampoco es frecuente que un libro de poemas, largo o breve, lleve prólogo y éste lo tiene, firmado por Rosa Benéitez: parafraseando a Nietzsche, "Ellos, los metafísicos". Unas palabras, por cierto, que orientan en parte al lector, aunque la obra vaya, como debe ser, a su aire. 
"Ingenieros de lo particular" los denomina Benéitez. Uno de ellos, Santamaría. Con ser muy suyo y poseer una voz propia, pertenece a una hornada de jóvenes poetas cansados de viejas guerras líricas perdidas que se toman muy en serio, a pesar de lo que algunos crean, su noble oficio. Siguiendo a uno de sus maestros (de qué poeta no), W. Stevens, lo suyo es la imaginación que no se opone a la realidad "sino que, por el contrario, la refuerza cuando la presión es tan fuerte que escapa a nuestros medios habituales de comprensión". "A partir de un firme hartazgo de lo convencional, sigue explicando Benéitez, se articula, en este libro, un discurso del imprevisto (...) que consigue desautomatizar los recorridos sobre lo real, gracias a la imaginación". 
Con todo, que nadie se alarme, "no estamos frente a un metafísico al uso" sino ante alguien que pretende con su poesía "rebajar la metafísica". Para ello, AS tiene muy en cuenta al W. C. Williams de Paterson: "no hay ideas sino en las cosas", algo que me recuerda, por cierto, a otro poeta no tan joven (con perdón), cántabro también y órfico (otra manera de ser metafísico a la española), Lorenzo Oliván, que tan presente ha tenido siempre, según creo, esa máxima. 
"No se trata de describir sino de escribir", concluye, a modo de poética, la prologuista. 
Poesía, la de Santamaría, para leer, en estos tiempos veloces, muy despacio. Hija de su tiempo: si algo es la modernidad en poesía, debe ser aproximadamente esto. Poesía con sustancia para una época de nonadas -poetisos y poetisas- que escriben (un decir) para los premios o la fama. Poesía, en fin, propia de alguien que, más allá de su profesión profesoral, ha ensayado con solvencia y conoce bien de lo que habla. 
Lo dije una vez y lo he repetido, seguro, otras: en pocas ocasiones ha tenido uno tan claro que tenía delante a un poeta como cuando escuchó por primera vez los versos del jovencísimo Alberto Santamaría en una nave del pueblecito salmantino de Morille. Aquella intuición quedó hace mucho confirmada. A este metafísico libro remito.



Fuente: Blog de Álvaro Valverde

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sábado, 24 de marzo de 2012

Interior metafísico con Galletas de Alberto Santamaría por Diego Nieto Velasco



Puede que el iniciado en la obra de Alberto Santamaría sospeche que éste sufre un Síndrome de Diógenes lírico, un impulso que le lleva a acumular toda clase de objetos: latas de albóndigas, muebles de época, lamparas de araña, bolsas de aspiradora, máslatas oxidadas, bicicletas, restos de mandarinas que palidecen/ dentro del camión de la basura, murallas, cabinas, alucinaciones, tubos de escape, más latas de conserva...Constatación que deja en entredicho a todos los que aseguramos que en su último libro -un ataque frontal a la metafísica más laberíntica- el autor ha querido quitar hierro al asunto.

Bromas aparte, es en Interior Metafísico con Galletas -un título desconcertante propio de alguien al que le gusta presumir de la ambigüedad que su novela B inspira en los lectores (¿es una novela o un poemario?)- donde Alberto Santamaría propone continuar la interesante senda ya abierta en Pequeños Círculos y centrar la mirada en aquello que no tiene tiempo/ ni espacio/ pero sucede. Lo inesperado, esto es, la vida, siempre queda en los márgenes o en los espejos, donde comparte espacio con lo grotesco, escribió en su obra anterior. Rosa Benéitez nos avisa de esto en un fundado prólogo que bien sirve de guía en el crucero propuesto, un crucero que nos llevará desde La Rochelle a Benidorm para descubrir un material que, aunque parece ajeno al paisaje, lo llega a sustituir.
Todo conspira para que no nos vayamos muy lejos a buscar lo que está sin estar. Nada crece sin permiso dentro de una jaula reflexiona un poema sobre el lenguaje. Se convive con una lógica inalcanzable y rigurosa hasta desgastarla. La metafísica no entra en ningún marco, pero es un requisito habitual en las cosas habituales que sabremos mirar/ si las desenfocamos. La vida tiene un código nacido para no cuadrar con lo racional. La verdadera metafísica, es democrática y está ahí fuera para el que ose preguntar por ella. Y es que lascosas nos importan por el futuro o el pasado que tienen pendientes con nosotros, chupar/ cabezas de marisco/ es algo delicioso sólo a partir de los cincuenta, por habernos colmado de olores y mensajes insopechados, por habernos distraido de las obligaciones del paisaje, por encarnar en sí mismos la devastación que nos espera al final del decadente vocabulario del verano, que diría Wallace Stevens.
La imaginación es la herramienta más adecuada, no para alejarse de la realidad, sino para gestionarla adecuadamente.
La editorial El Gaviero reincide en un diseño espectacular, esta vez con la colección Guairo. El libro entra por los dedos, crea un paisaje más durante el proceso de lectura. Esto es importante también, pues tendrá el lector la necesidad de adentrarse en la vida íntima de las cosas y gestos que lo rodean con cierto afán voyeurístico. Ya se disculpó Derek Walcott ante su desayuno por un descubrimiento similar: Perdóname, café, y perdóname/ leche con dos paquetes de azúcar artificial,/ mientras observo crecer estas líneas y el arte poético me endurece. Esta vez las galletas también tendrán que perdonarnos.

sábado, 3 de marzo de 2012

Interior Metafísico con galletas de Alberto Santamaría por Javier Menéndez Llamazares


Foto: Daniel Pedriza
Por qué nos gusta tanto Alberto Santamaría
Profeta en su tierra, la semana pasada Alberto Santamaría presentó en Santander su último libro, el poemario 'Interior metafísico con galletas'. Como suele ser habitual en las lecturas de este escritor cántabro -y algo extremadamente raro en los actos poéticos que tienen lugar en nuestra ciudad-, la sala estaba llena, y además de un público especialmente entregado. Tanto, que incluso la sesión acabó resultando breve, según comentaban los asistentes, vino en mano, en los corrillos que se formaron tras la presentación. El tirón del poeta, incluso en una semana sobrecargada de citas literarias, resulta cada vez más notable. En la cultura regional, hace años que Alberto Santamaría (Torrelavega, 1978) es una referencia ineludible, con su incansable labor al frente de ciclos, publicaciones y actos que acercan a Cantabria lo más novedoso de la poesía española. Pero es que en el resto del país la situación no es muy diferente: entre los escritores, especialmente los poetas más jóvenes, es una figura capital, por la que profesan auténtica devoción y expresan sin titubeos en medios como el blog 'After-post', entre otros. ¿Por qué? ¿Cuál es el secreto de su magnética capacidad de seducción?
Remedar a Chirico
La primera intención es llamarle y preguntárselo directamente; no en vano, Santamaría es filósofo -enseña Estética nada menos que en la Universidad de Salamanca-, y si no tiene una interpretación preconcebida, no le cuesta mucho improvisar una teoría instantánea. Comunica; incluso en plena era digital perviven las dificultades técnicas, de modo que me centro en el libro que ha publicado la editorial El Gaviero.
Lo cierto es que, antes incluso de empezar la lectura, el libro llama la atención. El mismo Alberto Santamaría, en la presentación, dejó claro que el aspecto formal de sus libros le había predispuesto a aceptar la oferta de la editorial. Encuadernado en guairo, con una cubierta absolutamente sobria y clásica -cartulina gris acanalada, garamond en magenta-, sin embargo tiene cierta voluntad de barroquismo que arruina la bella austeridad que presagiaba: después de la página de derechos hay una ilustración en color, y tras el texto se incluye una bolsa de plástico con una lámina -al parecer, se ha troceado una obra en ocho piezas, que se incluyen en otros tanto libros de la misma colección-. Sin entrar a valorar la calidad de las obras, ¿realmente necesita la poesía de tanta profusión de aderezos?
Ya desde el título se adivina la voluntad lúdica de Santamaría. El original de 'Interno metafisico con biscotti' está colgado en un museo de Texas; imaginamos que por eso -por lo desorbitante de los derechos de autor, vamos- la ilustración la página 5 es una composición que recrea el óleo de Chirico, y no el cuadro que el italiano pintara en la Ferrara de 1916. Una lástima, especialmente por un detalle: en las galletas que pintó el bueno de Giorgio puede leerse claramente «Albert». Un mensaje cuando menos inquietante.
Antes de adentrarnos en los versos, un nuevo aditamento: se incluye un prólogo correctísimo en lo canónico, pero que no resulta absolutamente necesario. Ni el autor es un desconocido que precise presentación, ni se trata de una edición crítica.
Diario de viaje
La primera página responsabilidad directa del autor lleva tres citas; destaca sobremanera la de Pemán -a quien cuesta imaginar entre las lecturas predilectas del poeta-, que dispara con postas a Chirico: «Nunca se había transitado tan velozmente de la cerveza al cuadro que puede llamarse 'interior metafísico con galletas'». En este punto, la simpatía por la víctima nos hace inclinarnos ya a perdonar un título tan justificado como desafortunado. Y es que la primera parte del libro se titula 'El crucero del metafísico'. Por fin la alta tecnología funciona y el propio Santamaría empieza a deslizar pistas vía telefónica: «se podría decir que es una especie de road movie metafísica». Durante años estuvo dando vueltas a esa idea. «¿Qué será eso que nos hipnotiza/ más allá de la materia», se pregunta en el primer poema. Al fondo, el humo de una fábrica vuelve el cielo color mostaza. Más sellos de la casa: ácaros, problemas de vejiga, pelucas o Mickey Mouse se entremezclan con citas de John Cheever, el poeta preferido de Santamaría aún sin necesidad de haber escrito jamás un verso, tal como confesó en la presentación, justo antes de admitir que copia con descaro, que se apropia de todo lo que le gusta y no le importa admitirlo. En las antípodas del plagio, ojalá aprendieran de él ilustres del 'copy&paste'.
Himno al espectáculo
El plato fuerte, sin embargo, aguarda en la segunda parte del libro, titulada 'Himnos'. Y es que el primero, dedicado a Angels Barceló, es quizá uno de los poemas más redondos que se han publicado en lo que llevamos de siglo. Antes de recitarlo, el poeta se siente obligado a una mínima contextualización: «me impresiona de la periodista que es capaz de relatar una gran tragedia o la mayor trivialidad con idéntico gesto». Así, con ese topic-switching, se desliza un poema vibrante y rítmico, preñado de amor televidente, en el que nos dibuja una escena tan costumbrista -cena frente al televisor- con una profunda reflexión relegada al 'fuera de campo'. La belleza como señuelo, la pulsión erótica, la banalización del dolor, la mercantilización de la información, incluso el absurdo amplificado por el mecanismo de los grandes medios, todo un análisis de nuestro mundo se encierra en apenas tres docenas de versos, pura ironía con una carga de profundidad que estalla en la primera lectura.
El secreto
Todo el mundo adora a Alberto. Con su perilla y su sonrisa sardónica, con su ropa negra y su pinta de músico indie -que lo fue, y esa historia la contaremos pronto-, es imposible no hacerlo. Sobre todo, cuando uno lee su 'Himno', o le escucha recitarlo, y siente que acaba de coronar el Tourmalet. Y es que el verdadero talento de Santamaría radica en ser capaz de construir un discurso complejo con los más humildes materiales: lenguaje de a pie, escenas cotidianas, cultura popular. Filosofía de bolsillo, cartografía de nuestro tiempo. Pero, sobre todo, poesía de alto voltaje. ¿Cómo no quererle?
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