domingo, 30 de mayo de 2010

Notas sobre la sediciosa Fatena Al-Gurra a próposito de Excepto yo (El Gaviero, 2010)


Año 2005, se organizan unas jornadas de intercambio entre poetas andaluces y poetas palestinos. Llegamos a Gaza tras pasar incómodos controles y ariscas alambradas, uno de nosotros es retenido por soldados israelíes sin una explicación coherente. Hemos trazado un camino desde la Jerusalén judía, del lujo occidental al desierto y en Gaza nos esperan las formas del subdesarrollo. El camino estaba minado de paranoia. El miedo y la rabia se reparten a un lado y al otro de la frontera, es cierto, la pobreza sin embargo sólo tiene rostro palestino.
Allí conocemos a los poetas que ya habíamos leído, los que luego vendrán a España. Están Bashir Shalahs, Sumaya al Susi, Hala al Shorof y el joven Yusef al Quidra. Su poesía oscila entre el grito rebelde juvenil contra la situación de su pueblo, el largo poema discursivo y la sombra de Darwish. Son poetas, eso debe bastar, pensamos que ya es suficiente alimentar la llama de la poesía entre escombros y alambre de espino. Tal vez aquí sea más necesaria que en ningún otro lado.
Entonces Fatena. Como un cristal destellando entre las ruinas. Leemos en un centro escolar, los alumnos nos muestran sus cicatrices, pero también notamos que están vivos y que sueñan. Yo noto que mis poemas se deslíen, que pierden sentido ante tanta realidad. Entonces Fatena, un par de poemas que golpean de verdad. Al oírlos pienso en Celan, pienso en la elipsis como motivo central del arte, noto como se activan los mecanismos de la poesía que conmueve por sí misma, sin añadidos. Mis compañeros de viaje también han experimentado el alud. Hay una poeta gigante en la pequeña Gaza.
Fatena al Gurra.
Tras los versos hay una mujer hermosa con un brillo negro en la mirada, es una mujer fuerte, quiere beberse cada gramo de conversación, aprehender cualquier cosa que salga de los labios de esos visitantes, ya sobrepasados. Comemos en un restaurante frente al puerto que la UE ha construido dos veces, las mismas que Israel lo ha bombardeado. Cuando el sol amenaza con irse Fatena se excusa y desaparece: su familia no permite que ande en la calle con la noche vencida. Tampoco la dejaron participar en el intercambio: nunca vino a España. Se ha ido la mujer magnética. Ex-presentadora de televisión, activista por los derechos de la mujer. Doblemente sometida, por el integrismo islámico y por Israel. Meses después la llegada de Hamash al poder en Gaza la sentenciará al ostracismo total. Entonces el exilio. Egipto. Bélgica. Centros para refugiados. Desarraigo. Entonces El Gaviero.
Excepto yo.
Este libro es un diván, una antología que la propia autora ha confeccionado desde sus libros publicados y algunos inéditos. Destaca el título de su segundo poemario, publicado en El Cairo en 2003: Una mujer muy sediciosa. Sí, así es Fatena. También su poesía, que podemos leer en árabe o volcada al castellano por Rosa-Isabel Martínez Lillo en una estupenda edición (casi no hay sorpresa en esto) del Gaviero en su colección Salamandria. Todos seguimos en aquella cena excepto ella, todos viajaron a España excepto ella. Sin embargo su poesía está aquí para quedarse.
Excepto yo. Dividido en secciones como “El libro del sueño” o el explícito “La lengua es un ritmo salvaje y el texto la pregunta del vacío”, y es que hay en este libro una constante indagación sobre la función del lenguaje en el sistema de valores, en el sistema del poder y su crítica. Un dibujo en el muro que la encerró para el macho. El machismo, la religión, el lenguaje como cárcel y como vía de escape. Pensemos en El Corán, como caligrafía sagrada. Pensemos en algunas fotografías de Shirin Neshat. Cuando se erige la palabra se estropea el mecanismo del lugar. Una presencia que desconcierta, como la del hombre, que es también la tradición y el encierro: eres tierra y tumba. Comprobamos que en estos poemas anida un grito de rebelión, un grito sordo, consciente del silencio y el silenciamiento. La rebelión es mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos, decía Alejandra Pizarnik. Esa es la rebelión de Fatena, no renunciar a la belleza, a las posibilidades expansivas del lenguaje poético, a su cuestionamiento, a ensanchar límites respecto a la tradición moral y literaria de la que parte. Tener conciencia de la ruina. Saber que cualquier dios es sordo. Extirpar la belleza del miedo: saltó/ desde tus dedos una fina traducción de las cenizas. Tener conciencia de que el lenguaje, también la poesía que chilla verdades, no es otra cosa que una impostura. Destaca el uso de la ironía, las palabras truncadas que se repiten varias veces a lo largo del texto: l...a... y allí se corta, el lenguaje no sirve, sólo es una pregunta, un camino, no hay lugar al que regresar desde las palabras. Otra cosa sucedería si hubiera sido él, seguramente, pero es ella, la mujer muy sediciosa, la poeta oculta entre los cascotes de Ciudad de Gaza, ahora entre refugiados, con un brillo negro en su mirada. Embarazada de sí. Entonces su poesía:

A ella se le asemeja una mujer que frivolidad viste
un azote cuyos pasos extiende
y un vacío con el mismo volumen del porqué de la creación
¿qué generará en breve?
La pregunta tiene margen..., la fisura del mar incapaz de llegar
van menguando sus pies cuanto más andan
y el abismo se esconde.

[Raúl Quinto en El Maquinista de la Generación número 118, mayo de 2010]