martes, 13 de marzo de 2012

Epidermia de Sara R. Gallardo por José Enríquez Martínez


Esa palabra muda que sangra


Mientras otra poeta joven, Martha Asunción Mateo, pide Detener la primavera, otra más joven aún, Sara R. Gallardo opone en Epidermia: «Mi poesía es fruto del dolor / no de la primavera». Y aún reafirmará: «A mediados / de mayo / anidó otra vez el invierno». Nada queda aquí de la alegre primavera garcilasiana, ni de su dulce fruto, porque el tiempo se ha instalado en el imaginario de la poeta en forma de desconsuelo, de soledad, de dolor. Y estos sentimientos de derrota prematura pueden ser la respuesta a la madre que no quiere tatuajes que corrompan «la carne que salió de sus entrañas»: «—Toda carne, madre / (también mi carne) / tiene veinte años / y está corrompida». Como se observa, los versos suenan a golpes repentinos, semejan brochazos sueltos en el gran cuadro del poemario, latigazos o sarpullidos como este poemita: «Una suerte de puta por / rastrojo». Qué extraño es que en otro golpe se resuma una poética: «Poesía, / esa palabra muda / que sangra». El lector habrá percibido lo que esta poesía tiene de fragmento, arañazo y forma lapidaria, y lo que sustenta: una juventud frágil y ya desengañada, con el poso (con el peso) del tiempo sangrando por la herida de las palabras, que, a veces, dejan de ser lapidarias como en la primera parte para expandirse en poemas más extensos o en prosas que podemos llamar poéticas si estamos de acuerdo en que poético es todo texto aceptado como tal. A esa liberación de límites ha llegado la poesía. También en estos poemas largos de las dos partes últimas del poemario las palabras arañan y sangran, porque «la poesía es una herida sajada que cose con el verbo desgastado», y por cuanto la poeta, si sale de su laberinto es para ingresar en otro en el que otras niñas tiene «los ojos perdidos», sin hilo salvador, un hilo de Ariadna que en algunos poemas fue o no fue la madre: «escribo con mis manos suyas — escribo con sus manos mías», ternura y reproche: «gritaba el nombre de mi madre / que nunca contestaba». En estos poemas—relato que son las prosas todo respira entrecortadamente. La frase corta, punzante, invita al jadeo. Algo se narra, no necesariamente completo, no son cuentos, ni microrrelatos, aunque podrían aspirar a serlo. Y han aparecido los otros, un mundo donde la propia soledad se acompaña de otras soledades, un yo que con Bécquer afirma que «sé que conozco a muchas gentes / a las que no conozco». Esas otras soledades tiene a veces nombre propio, Lottie o Sara R. Gallardo: los otros, la extranjera de la parte última, que se cierra con un largo texto que es un poema o que son cuatro poemas sobre un espacio de amor demasiado estrecho: «Era un colchón demasiado pequeño / y mis alas de mariposa que crecían y crecían». En todo caso, es un yo poderoso el que da voz a esta poesía distinta, fresca, ansiosa de salir de carriles transitados. El poemario lo prologa, excelentemente por cierto, José Luis Piquero, que habla de «autobiografía fragmentada» del gran tema de la soledad, de lo formal (sintaxis destruida, la síncopa, etc.), de la voz desgarrada y de un desengaño y una sabiduría precoces.
Fuente: Filandón. Diario de León.

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