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domingo, 27 de enero de 2013

El sueño de Visnu de David Meza por Jorge Díaz Martínez


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El sueño de Visnu de David Meza

 El Gaviero Ediciones, 2012



¿Dónde empieza el Barroco y dónde acaba? ¿Puede hablarse de un barroco anterior al siglo XVII? ¿Qué paralelismos podemos encontrar entre la épica mitológica, las alegorías pictóricas medievales, las imágenes surrealistas del inconsciente o el sudamericano realismo mágico? A responder preguntas como estas –y no siempre con las mismas conclusiones- dedicaron  importantes estudios teóricos tan influyentes como Wölfflin, Hauser, Walter Benjamin o Eugeni d´Ors, entre muchos otros. Estas mismas cuestiones me vuelven a la mente durante la lectura de El sueño de Visnu, de David Meza, un verdadero bildungsgedicht del cual ésta es solo la primera entrega. Maravillosa escritura, maravillosa en el mismo sentido que se puede decir de las obras de Lezama Lima, García Márquez, Octavio Paz, Valle Inclán, García Lorca, Góngora, Apollinaire, Dalí, Escher, Hieronymus Bosch (El Bosco), Cortázar, Magritte, Rimbaud… con la peculiaridad de que el autor contaba tan solo veinte años en el momento de su publicación. Si la precocidad es notoria, no lo es menos el talento.  

Las cosas están cambiando en la poesía española, y posiblemente también en la de otros países. Los versos de este joven mexicano publicado en Almería recuerdan a los versos de otros jóvenes (y no tan jóvenes) poetas españoles como Juan Andrés García Román, Alberto Santamaría, Elena Medel o David Leo García, entre otros. Estos autores tienen en común -en distintas proporciones- la determinación del verso libre, libérrimo, la inclinación por las formas abiertas, también una tendencia hacía la mirada infantil -el espíritu lúdico combinado con la melancolía-, todos ellos exhiben con gusto su artificio, las construcción de conjunto de sus libros, la intención de exprimir los recursos poéticos hasta apurar el jugo. Todo esto lo encontramos también profusamente en El sueño de Visnu, un prodigio de desparrame verbal, de exuberante desorden que no resta por ello coherencia a una poética unitaria de sentido, un discurrir que recuerda a veces casi a una narración donde el poeta ha querido sembrar brillantes aforismos junto a declaraciones de toda índole:

Mi vida es una nota al pie de mi obra.

Comprendo tres veces mejor lo que sentía Góngora como poeta, que lo que yo, como humano.

Las palabras no son el Espejo del Mundo. El Mundo es el Espejo de las palabras.

El lector no es una cosa distinta del poema

Y el sueño más hermoso de mi generación es poder seguir soñando.

Ruega, Señora, por nosotros las marionetas

En algún momento escribí Copérnico en el cielo y el centro del hombre siguió siendo el mismo

Quiero que mi clase social sea la vida


También me gustaría mencionar la extraña mezcla de ingenuidad y sublimidad que se trenza en la escritura de David Meza, una extrañeza a la que se refiere Luna Miguel en su blog: “Hay en el autor una mezcla explosiva de ingenuidad y maravilla que convierte grandes versos en versos menores, y malos versos en diamantes brutos. Es extraño este efecto. Es  extraño y por eso nos aturde.” (01/12/2012). Efectivamente, en ocasiones pensamos que a este libro le sobran demasiadas mariposas y estambres y nos sorprende que alguien pueda ser tan contundente y liviano a la vez. Puede que la explicación consista, simplemente, en que al autor no le importe. Tal vez David Meza entienda que su poesía debe comprenderlo todo, desde el versito más rosa hasta el onirismo ideológico más inesperado. Tal vez David Meza piense que no puede hacer caso a unas censuras que pertenecen también a esa normativa literaria de la que su poesía voluntariamente se aleja. En cualquier caso, junto a la inteligencia y la imaginación desbordada de este poemario,  no puede molestar el vuelo de algunas lepidópteras.

Fuente: Culturamas

Puedes comprar el libro aquí

lunes, 19 de marzo de 2012

Epidermia de Sara R. Gallardo Por Juan Andrés Garcia Román


La poesía y otras enfermedades

Sara R. Galardo y Juan Andrés García Román. Foto: Ana Santos Payán
«Mi poesía es fruto del dolor / no de la primavera» (p. 25) reza uno de esos haikus rotos con que a modo de declaración de principios, se abre esta Epidermia (El Gaviero, 2011) libro inaugural de la poeta Sara R. Gallardo (1989), una de las nuevas voces que reivindican un espacio en el panorama, tan difícil siempre de dibujar, de la poesía española contemporánea.
El dolor, un dolor de realidad que desearía distanciarse de la quejumbre lírica decimonónica y de la historia de la poesía en general, incluida la más reciente, la generación inmediatamente anterior, para la que la queja era asumida en el mismo gesto de búsqueda de sentido, en una problematización de lo real y un análisis exhaustivo de “lo visible”. Y es que una de las características más notables de muchos de los (y sobre todo las) poetas más jóvenes (algunos de ellos reunidos en la antología Tenían veinte años y estaban locos, La Bella Varsovia, 2011), es el prurito de realidad, hiperrealidad y hasta feísmo. Pues si bien ello no desbanca paradójicamente el gusto por la imagen inquietante o audaz, sí contribuye al predominio de lo rabiosamente vital (reivindicación incluida o no) sobre el afán especulativo, intelectual o lingüístico.
Dentro de esta tendencia, la poesía de Sara R. Gallardo es una de las que más airadamente se rebelan contra el discurso heredado, hasta el punto de lograr incardinarse en la coordenada (¿en la tradición?) de la anti-poesía, del anti-poema, la preferencia por lo carnal y lo corporal («La piel nos conduce a lo ajeno», p. 35) frente a lo literario y lo simbólico. En este sentido, el libro propone un viaje a la intimidad del yo lírico a lo largo de sus tres secciones, desde el aforístico “Cuaderno de rastrojos” al hamletianamente disconformestream of consciousness de “Cartas mitológicas”, pasando por “Historial”, segunda sección del libro en la que predomina el poema en prosa, novelado, narrativo. Sin embargo,   el camino hacia la (creciente) confesionalidad que vertebra el poemario no está desde luego privado de obstáculos y de preguntas por la propia legitimidad de la poesía, hasta el punto de que el relato de la historia íntima vaya ligado a la subversión del decir contra la capacidad representativa o apelativa. Porque, en fin, a lo que asistimos es a un suicidio textual, a la conciencia de una vivencia propia e inintercambiable, así como a la rabia por no poder expresarla o hacerla perdurar en las palabras del otro, de los otros, unos otros de repente percibidos como enemigos.
Ocurre por ejemplo que a medida que avanzamos en la lectura, vamos siendo conscientes de que el tú apelado en los poemas no es un deíctico al uso, sino que parece corresponderse con una y solamente una identidad real y empírica o biográfica. Entretanto, el lector va tornándose en ineficaz compañero de viaje de esa maniobra de desguace, desmonte, de lo literario. Hasta que acabamos asistiendo a un tono que no por epistolar es menos inefable y un discurso que, aun desbordante, percibimos cada vez más solo, y hasta desesperadamente solo, como apunta en su prólogo José Luis Piquero: el aria de un solista en un teatro vacío. «Gatina» (p. 81) es como se hace llamar en uno de esas cartas el sí mismo, el yo, recordando que en algún tiempo el destinatario de la carta la llamaba así. Porque nadie comprenderá su significado excepto ella, la Sara R. Gallardo que escribe y no la que se refleja en el dudoso espejo de sus versos. «Gatina», dice, igual que quien dibuja en el tronco de un árbol un corazón de una forma irrepetible. Igual también que las palabras «Oh Isidoro» y «Oh lenguaje» con las que Alejandra Pizarnik “ensució” una pizarra antes de morir. Su último poema, el que no puede escribirse, el verdaderamente suyo: «Y eso me hace recordar la forma exacta y el color exacto de tus ojos, tus ojos diferentes, tus ojos-fantasma, el cíclope que compartíamos. Y siempre tuviste una mancha en el brazo, una mancha parecida a Gran Bretaña» (p. 86). Hablamos por tanto de una experiencia no representativa, no asimilable tal vez a un yo distinto al de la autora. Nadie tal vez volverá a decir «Gatina»; y esto puede recordarnos al balbuceo incomprensible del niño de Auschwitz Hurbinek, sus “palabras” (mass-klo matisklo) que seguramente evocaban un nombre propio o un juego infantil, pero sin realidad para los que lo rodeaban, por más que Primo Levi tomara buena nota de ello.
Así pues, la marca del yo, del relato autobiográfico, el yo de las cartas y de los poemas, que constituyó para Käte Hamburger el eje en torno al cual giraba toda posibilidad de lo lírico en cuanto género literario, se topa aquí con la palabra de quien no quiere ser ese sujeto lírico, quien no desea entenderse ni sentirse entendido, consolado en el mal de muchos de la literatura. La poeta parece detestar el reconocimiento de su talento poético y la capacidad para tener un acceso a lo social por esa extraña vía de emergencia que es el poema y sus ancianos conceptos -palmadita en la espalda incluida- de belleza, bondad, enamoramiento: «y amamos la belleza. eso lo sé. yo amo. llamas bonitos a mis ojos. Como si la poesía pudiera ser bonita. no amas mis ojos. no amas la belleza de mis ojos. amas, al fin y al cabo, la idea. al fin y al cabo, al fin, no son mías las golondrinas. no son míos ni los picos ni el amor. Como otros dijeron exigieron “aparta, aléjate de mí, llévate, sucia, de aquí, estos poemas”» (p. 46).
Esto es, nos hallamos muy cerca de los poemas finales y de renuncia de la austriaca Ingeborg Bachmann («¿Debo exprimir la libido de las consonantes?») de su “Ningúndelicatessen”. Y bien sabemos que en alemán la palabraDelikatessen no se refiere sólo al bouquet para un paladar exquisito, sino también a la carne, la carne muerta de las charcuterías; la carne, la piel, el cuerpo del delito ejercido por los otros, “lo ajeno”, en definitiva.
No es, por lo tanto, en vano que de las bécquerianas golondrinas se singularice el “pico”, la boca que devora, que picotea, y no la garganta que canta o las alas que vuelan. La poesía no es bella ni tampoco inocente. Además, la poesía no puede decir, no sabe generalizar sin idealizar, sin sublimar lo que sencillamente no desea ser reconocido como amor. Tampoco los poemas de Sara R. Gallardo quieren ser poemas de amor. Y sin embargo Epidermia es en gran medida, o acaso en toda su medida, un cancionero o anti-cancionero amoroso. Los poemas adquieren a veces la apariencia de adolescentes cartas de amor, -“Posible contestación a las cartas no recibidas” (p. 80 - 81)- pero se trata solamente de eso, una apariencia, porque el discurso sabe al pie de la letra el camino de su extinción, de su revocación. El aparente desaliño de los versos encabalgados o de los fragmentos en prosa, a veces sonoramente indiferenciables del verso, adquiere su dimensión y también su verdad cuando nos revela sus torsiones, sus requiebras, su hesitación y su coherente incoherencia.
Pero hay, para finalizar, un aspecto más que, al hilo de lo que estoy diciendo, se me antoja verdaderamente significativo, lo es, de esta (anti-) poética, de esta diría que “voz propia” de la que Epidermia es testimonio. Quiero referirme a cómo la expresión de la denuncia y la reivindicación de unos principios o valores éticos se vuelca en el poema por mediación de un desvío, o, por la misma lógica distorsionada, lo confesional se deriva de un circunloquio, de una incapacidad de decir y, también de un “afuera” (eso que llaman “extimidad” y se relaciona con la expresión de estados personales en redes sociales y, por tanto, públicas).
Es curioso, en efecto, que todos los aparentes “buenos” valores de nuestro estado social sean abordados por sus contrarios, analizados extramuros, como si al verlos a contraluz expresasen mejor a un ser humano que ya se encuentra completamente preso de la máquina que instrumentalmente construyó. Creo que existe una relación directa en el hecho de que el sujeto (del conocimiento, de la ciencia y la técnica, del discurso) sea contemplado mejor desde la perspectiva del objeto y el hecho de que amor sea reivindicado desde su materialidad: el sexo por ejemplo (como en el conmovedor poema “Filme”). Y en este orden de cosas, también resulta elocuente que la ternura o la piedad sean reclamadas desde el odio, desde la voz impía e inhumana de un “ello” monstruoso.  
Ocurre con el poema en el que una mujer -en realidad un usuario de cualquier chat y a la vez el trasunto más depravado y triste de la prostituta baudelairiana- recibe un mensaje electrónico incierto y casi terrorífico: «Ven, anda. Solo puedes inspirar pena. // A veces deseo ser tú. Pero luego pienso en tu inválida existencia, en tu miseria. Y, sí, entro a ver si estás. Ahí, enchufada a la corriente. Drogada, creyendo que esto se parece a la vida» (p. 60-61). ¿Pero quién está escribiendo? Eso no lo sabemos, quizás un algo o un alguien que, como el egoísmo o los monstruos de nuestra vieja razón, ha llegado a suplantar nuestra identidad. Una identidad que sabemos viva en libros como Epidermia, precisamente porque en sus páginas los conceptos de verdad, intimidad o poesía continúan buscando una definición.  
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viernes, 24 de febrero de 2012

Epidermia de Sara R. Gallardo por Elena Pedrosa


Sara R. Gallardo y Juan Andrés García Román durante su visita a la gavia I.
Foto: Ana Santos Payán
"La poesía no es únicamente el poema escrito, sino todo aquello referido a la vida cotidiana capaz de instaurar en su flujo monocorde un sobresalto por el cual es posible considerar la existencia como sorprendente y extraña, como un don singular que debemos apurar hasta el fondo. La poesía, entendida como poiesis, creación de mundo y sensibilización de lo que nos rodea, proporciona una vivencia inmediata, no intelectual sino anímica, desorientadora y, por eso mismo, amplia". 

(Manuel Crespo, en http://www.gruposurrealistademadrid.org/node/118)
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El Gaviero, Ana y Pedro, viven a golpe de verso, y eso es un acto poético.

Diego de Haro, ilustrador de "Epidermia" (lo sé porque le conozco de cerca) crea y vive, y comparte sus vivencias de mirada a mirada, que es lo que hacen los fotógrafos, abrir mucho los ojos para absorber la luz y la vida, para proyectarla luego, y que ilumine hacia afuera. Y él es un acto poético. 

Sara R. Gallardo y sus letras, que se cuelan por mis entrañas como si fueran mucho más que escritos, se muestra como una mujer desnuda: frágil por fuera, densa y fuerte por dentro. Poética, experimental, ilimitada, rebelde, escéptica, surrealista. 

Sara habla de la permanencia de las cigüeñas sobre sus nidos en un mundo en el que la fugacidad y el cambio nos convencen de que no somos humanos. Es por eso que el desarraigo nos hace sentirnos solos. Es por eso que la poesía en ocasiones deja de serlo. Somos cigüeñas, que cambian de nido según la estación, aves carroñeras que vuelan en círculo "alrededor de sus memorias": "Desaparecer. No existir. En confrontación con los demás, lo de afuera". "Epidermia" es un diálogo de Sara con su propia piel y la de otros, en el que se refuerzan capas de tejidos con costuras, que evidencian cicatrices pero invitan a la resistencia: "Estarás segura aunque te sientas aislada". 

Quien se define como antipoeta puede ser a la vez quien más ame la poesía. En este caso vivirla es un acto de consciencia: "Ver tu vida como si no fueras tú y a la vez ver la vida de los otros. Descubrirte en ti mismo como si te miraras en otros ojos". Pero esa misma consciencia que la hace mirarse, la vuelca también hacia el texto, creándolo tal como es, a golpe de mirada, sin aditivos: "No es necesario revestir la poesía de nada, si elaboramos un discurso estamos ya manipulando nuestros pensamientos". Es por eso que se muestra desnuda, con esa "desnudez impúdica". 

Sara ironiza con la poesía "bonita", porque sabe que no sería un calificativo para la vida, para cualquier vida. Ella que padece el inamor, cuyo estómago rechaza la luz, porque es "un animal que busca alma y manos", sabe que la existencia es "sorprendente y extraña" y la nostalgia "una película que se termina en la penúltima escena".  Nos muestra la mirada de quienes hoy escogen el camino de las letras para buscar en la tierra, ahondando, algún que otro puñado de razones que llevarse hacia la superficie: "la luz que me recorre por debajo de la piel y dentro de los órganos".

Un ritual de huesos astillados, óxido y heridas la muestra en su lado más surrealista: "El sonido borroso del sol y del día", del invierno en mayo. Una postura cuando menos existencialista, que la lleva a no ser y a no usar el verbo. Pero a través de esa sensación, denuncia. Denuncia un lugar donde las palabras no son libres, por mucho que así lo queramos: "Voy aprendiendo el oficio. Aprendo a callar"; denuncia una época en la que la imagen ya no comunica: "Tú no sales en la foto, eres objeto observante"; denuncia a corazones mediatizados para los que cada escena vital es ya susceptible de convertirse en espectáculo: "3,2,1, cámara, acción."

Porque la poesía también sirve para denunciar. Y sin ella lo que hagamos no será digno del verbo Vivir. No será un acto poético. "Epidermia" llega, conmueve y denuncia. "Y estoy apuntando lejos". 


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