lunes, 3 de noviembre de 2008

Harkaitz Cano por Elena Medel


Poemas como fotos en un álbum, entradas en un diario, páginas en una agenda

Un poeta que aún no ha cumplido los treinta años viaja a Nueva York; escudriña la ciudad desde su apartamento, retrata a sus vecinos («gente que habita la escalera») y se desplaza en «los autobuses de línea regular llenos de gente / que acude a los hospitales». Se llama Harkaitz Cano; además de poeta es novelista, guionista y traductor. Y el jugo de su sueño americano es esta obra, Alguien anda en la escalera de incendios, que apareció en euskera con la llegada del siglo xxi y que el propio autor ha vertido ahora al castellano, casi diez años después, lo suficiente para que se colapsaran esas Torres Gemelas, que no asoman en ningún verso.
«SONRÍE. ÉSTA ES PARA EL ÁLBUM»
Porque el Nueva York de Alguien anda... huye de los rascacielos y las cenas con glamour y de los tacones contra natura, apuesta por bloques humildes en altura y condición, se centra en sus habitantes: recorre a los demás para hablar de nosotros mismos. «Veo mi juventud como un mapa extendido ante mí», escribe Harkaitz Cano. Las imágenes de su poemario actúan como fotografías en un álbum y los datos que se cuelan por cada estrofa —un lugar, una fecha, «29 de diciembre, muerto de frío», o la memoria antes de Twitter— lo transforman en diario personal.
Los nombres propios saltan entre los poemas: de manera especial en el segundo bloque, por aquí se pasean Donald Siegel, «la hija desconocida de Frida Kahlo», Tonetti y El Malasnoticias, Paul Klee, «la chica que te dejó», Basquiat y «el intérprete de temblores», un heterónimo constante. Y también Raymond Carver, su decir sin abalorios, el eco más oído en estos versos. Mendigos, anónimos que se cruzan en su año neoyorquino, pero también carteles en la pared y cuadros en los museos: porque la poesía es sagrada, aunque no tanto.
Contiene vida Alguien anda en la escalera de incendios, y también, reflexiones sobre la escritura: después de todo, si en los versos hay —parafraseando a Walt Whitman— un hombre, en el hombre hay un poeta. «Un buen libro de poemas ha de ser / como una caja de pescado», anuncia Cano. «Y así habría de ser, / como un buen libro de poemas, / nuestra vida». Los poemas se escriben para certificar un momento, para resucitarlo cuando los años nos ganen, para calmar nuestros huecos «pensando sólo en las palabras precisas / que uno ha de pensar mientras espera».
Por cierto: si escribimos «un poeta que aún no ha cumplido los treinta años viaja a Nueva York», resulta inevitable que aparezca un nombre. La sombra de Federico García Lorca es alargada, pero Harkaitz Cano se zafa tan bien de ella que se permite dedicarle el último poema del libro (a «FGL») y a todos los «que han visto a alguien / en la escalera de incendios / a esa hora en la que una mirada de odio / no puede distinguirse de una de amor».