domingo, 6 de septiembre de 2009

Cuaderno estival 11

Como alguien que ha sentido su corazón y sus sueños poseídos por ese estremecimiento, voy a escribir sobre lo que he «visto» en las obras de William Shakespeare, sobre lo que he aprendido con su representación y su lectura. No voy a desmenuzar críticamente esos textos, tarea que me repugna y que no creo que sirva nunca para nada. A lo largo de mi vida he hecho lo que pedían Heminge y Condell en el Prefacio al First Folio: Reade him therefore, and againe, and againe. Estoy recordando a un hombre y una obra que ha tenido y tiene la más decisiva influencia en mi vida y en el desarrollo de mi idea del mundo. Kenneth Clark decía que las obras de Shakespeare son, entre otras cosas, el cumplimiento de la honradez intelectual de Montaigne. Y Montaigne es otro escritor que, como Tácito, como el propio Shakespeare, ha acompañado mi vida desde muy joven.

El Arte, la Literatura, no son sino la invitación al viaje a través de unas contadas y grandes preguntas, y de la intensidad de sus respuestas. A través de las obras de Shakespeare yo he contemplado –modificándose con la edad en cada lectura o representación–, un discurso que bien se asemeja al pasar de la vida por cada hombre: desde la exultación juvenil hasta la mirada desencantada –mas no por ello fría o, quizá, fría, pero no por ello desencantada–, de la madurez. Desde las Comedias primeras a los últimos Romances, todas las emociones, todos los abismos serán recorridos.

Quiero reflexionar sobre ideas que imagino se desprenden de esas obras de Shakespeare, lo que creo que sería su enseñanza sobre cómo vivir. Y repito, de las obras, no de Shakespeare. Ideas que me parece que siguen vivas, tan vivas como el día que fueron alumbradas, y que, como toda gran obra, tienen el poder de ayudarnos en nuestra propia comprensión y entendimiento, ayudarnos a vivir este vasto y misterioso sueño que es la existencia.

José María Álvarez, Sobre Shakespeare, El Gaviero Ediciones, 2005.