miércoles, 20 de enero de 2010

Recuerdos unamunianos

Foto: Presentación del libro en la Casa Museo de Miguel de Unamuno en Salamanca.

El último café

Era el último día de 1936, y Salamanca había amanecido cubierta por una capa de hielo delgada y quebradiza como azúcar escarchado. En contra de lo que muchos pensaban, tras el incidente del 12 de octubre, don Miguel de Unamuno no estaba secuestrado en su propia casa. Se trataba tan sólo de un encierro parcial y voluntario. Para demostrarlo, salía todas las tardes, de tres a cuatro, a dar un pequeño paseo y a tomar un café en la plaza Mayor. Filomena era entonces una niña. Sus padres eran vecinos de don Miguel, y a ella le gustaba seguirlo, con disimulo, desde la entrada de su casa hasta la puerta del café Novelty. A Filomena le fascinaba ese anciano vestido siempre de negro y con esa barba blanca que le recordaba el algodón de azúcar que vendían en las ferias. En alguna ocasión, la niña había creído observar que a los dos los seguía, a gran distancia, un hombre gordo, con aspecto de policía despistado. Don Miguel andaba muy despacio y encorvado, como si le costara abrirse paso entre la niebla o le doliera atravesar el aire frío que azotaba algunas calles. Pero, cuando llegaba cerca del café, bajo los soportales de la plaza Mayor, se ponía muy erguido y entraba con paso firme en el local. Filomena seguía observándolo a través de los cristales. Sin quitarse el abrigo, el anciano se sentaba muy cerca de la cristalera que daba a la plaza. Lo hacía con actitud desafiante, sin importarle que los otros le dieran la espalda o no se atrevieran a mirarlo.

Luis García Jambrina, Muertos S.A. (El Gaviero Ediciones, 2005). Fragmento.