jueves, 25 de febrero de 2010

Recuerdos de La noche a tientas


Existe poesía que es capaz de levantar espacios diáfanos donde el ser humano pueda reconocerse y habitar. Otra que, hija del desasosiego, como la del poeta Lorenzo Oliván, invita al viaje, (no es baladí que el poema que inicie la noche a Tientas se llame Ulises), es prospectiva y nos conmina a ampliar y a desarrollar nuestro radio de existencia, la raíz que te hizo/-tan frágil- vertical, /la razón por hacer/del primer hombre. En la noche a Tientas reconocemos una palabra que se asienta en una amplísima tradición, donde el lenguaje es a la vez motor y fin, causa y efecto, donde la palabra es una fuga hacia la vida sin ánimo iniciático. Pero si el poeta Lorenzo Oliván se inscribe en una amplísima tradición que él mismo nombra (Yeats, Pound) no parte de un lenguaje esclerotizado sino que con ánimo de vuelo, busca tropezando, recoge, recolecta, a veces, a pesar ( o desde) el dolor y de la rabia entretejer sin fin astros ficticios/ y tender esa red hacia la vida para tomar el hilo de todos y de nadie. La noche, que es ausencia de luz, se convierte en cenit del reconocimiento, como en el magnífico poema blanco, palabra boreal, al fin y al cabo.

Ana Gorría, 2007



REINCIDENTE EN ‘LA NOCHE A TIENTAS’


Pensé que no podría decir mucho más de lo que ya dejé escrito en unos folios cuando Lorenzo Oliván me invitó a participar en esta ‘noche a tientas’ desde la noche misma, es decir, con un texto a modo de prólogo que titulé ‘De la emoción pensada’ y donde dejaba caer el entusiasmo, el hondo entusiasmo, al leer por vez primera estos poemas. Pensé que la revelación de aquel descubrimiento no podría repetirse ahora de igual modo. Pensé que estaba perdido. Pensé en escapar. Pero en la memoria comenzó a humear de nuevo la intensidad de esta pequeña familia de poemas y cogí el libro otra tarde más, y releí los textos sin mirar aquellas deshilvanadas líneas mías de entonces escritas desde el caudal de la complicidad literaria, desde la cercanía emocional, desde la admiración –que en este caso es pauta también de la amistad--. Y ‘La noche a tientas’ se me fue revelando nueva, no extraña, sino nueva. Los poemas se definían otra vez amplios e inquietantes. Y esa artillería inquietante que creo que tienen, ese juego de planos reales, esa lumbre de visiones ficticias, esa forma natural de ensanchar el mundo desde la extrañeza me ha vuelto a atrapar.


Los 13 poemas de este conjunto definitivamente conforman el paso adelante de todo poeta verdadero. No son una tentativa de más allá, sino la certeza de otro peldaño de profundidad en la poética de Oliván desde ‘El libro de los elementos’. Esa es la sensación inmediata que tengo. Por decirlo con uno de los versos de un excelente poema de esta serie, el titulado ‘Ventana al vuelo’: “La luz dentro de sí creando espacio”. Qué exacto, qué estremecimiento, qué aventura de largo recorrido hasta hacer parada y fonda por un momento en Pessoa y repetir lo que el portugués dipsómano nos dijo: “Todo es diferente de nosotros, y por eso existe”. Por eso Lorenzo invita a un viaje hacia dentro, a una experiencia poderosa, la suya, como quien observa el efecto de la velocidad dentro del vaso quieto. Vamos, poema a poema, cumpliendo pasos de incertidumbre hasta el lugar de lo indecible. Este es el territorio de ‘La noche a tientas’, tal es el hilo de su escena, esa papiroflexia fatal donde se revela, después del penúltimo pliegue, “el animal del miedo que eras tú”, como acierta a escribir en otro verso del libro.


No diría que la poesía de Lorenzo Oliván, como alguien apuntó por ahí, se vuelque estrictamente en lo metafísico. Qué va. Más bien creo que vive en la intemperie del pensamiento y en ese flúor de sombras de lo que no sabemos va modulando intuiciones, muchas veces mínimas percepciones que son el fractal de relieves más amplios, de experiencias apresadas como la más sutil conquista. De ahí que el poeta acepte bien este hallazgo de Rilke: “Los versos no son, como creen algunos, sentimientos (se tienen siempre demasiado pronto), son experiencias”. Para justificar la cita sirve el breve poema titulado ‘Blanco’: “Pasa la luz/ rozándome la piel/ y no sé si se bate en retirada/ o hace de mí/ su más sutil conquista”.


Me siento muy cerca de la poesía de Lorenzo desde que empecé a leerla hace más de 10 años. Creo que es de esos autores que no busca decir sino lo que está diciendo, que es siempre más de lo que dice. Tiene el extraño don de aquellos que se detienen en una realidad concreta y a fuerza de observarla, de experimentarla, de chocarse con ella la despoja de sus límites, "iluminando nuestros sitios vacíos", por apuntarlo a la manera de Roberto Juarroz. Es decir, que llegamos de su mano a territorios poderosamente extraños sin salirnos del itinerario de lo perceptible, sin adornos, tan sólo invocados por un por lenguaje que desarma la propia naturaleza de la realidad. Si nos detenemos en sus poemas, como sospecho que vamos a hacer cuando acabemos con esto, entenderemos el sentido de este viaje infinito. Y la enorme emoción que nace de él. Porque ya lo dije entonces, en esta bella edición de El Gaviero, y lo vuelvo a decir ahora: Emoción pensada. De esa manera ‘unamuniana’ de la que Lorenzo ha hecho oficio, labor y conquista. Aquí, en el poema; y allá, en sus aforismos, que son ese otro goteo, ese germen punzante que le nace de la poesía, de su particular modo de mirar.


Quien siga a lo ancho su trayectoria podría pensar ante el conjunto de ‘La noche a tientas’ que esta poesía de ahora es más severa, incluso a veces más distante. Y sin embargo no es así. Sucede que es más madura, más propia, como viene enseñando desde ‘Puntos de fuga’, libro con el que ganó el Premio Loewe en 2001. Lorenzo no se distancia, sino que tiene otra manera de acercarse. Es más exigente por lo que su voz tiene de más distinto, de más personal. De sus visiones ha hecho conceptos propios. Y si no me creéis, que lea ahora después el poema ‘Ventana al vuelo’, uno de los más intensos de este libro. Voy a adelantar algo de él: “Pasa otra vez por mí y recórreme,/ vuelve otra vez a mí,/ lo que quiera que seas,/ vida o visión del tiempo/ desde dentro del tiempo”. Así lo dice, “lo que quiera que seas”, con ese temblor de nuestro amado Juan Ramón Jiménez. Así lo dice, invocando lo inexplicable, que puede ser un sueño, o una sombra, o una piedra, o una realidad sin atributos, o una irrealidad magnífica porque no necesita más perfil concreto que ser experimentada para que sea perfectamente comprensible. Llamamos a una cosa 'cosa' para singuralizarla, para distinguirla, para comprenderla simbólicamente. Y de su relación con otras palabras o de su situación en el folio nos salen más 'cosas' nuevas, inesperadas, incalculables. Bien lo sabe Lorenzo Oliván, que en esta nueva y feliz aparición ha llamado a su poesía ‘La noche a tientas’, que podría no ser nada, pero resulta que en la combinación de su pensamiento intenso y hondo es una verdad emocionada, un algo real que hasta ahora él no había dicho. Y es la segunda vez que lo escribo.


Antonio Lucas, 2007