viernes, 2 de julio de 2010

Postal de olvido de Verónica Aranda por Luis Bagué Quílez

Imagen: Marta Useros y Javier Cantalapiedra

Verónica Aranda (Madrid, 1982) pertenece a la rara y noble estirpe de los poetas nómadas. Desde su opera prima, Poeta en India (2005), sus libros han ido perfilando un itinerario estético y una indagación en las encrucijadas geográficas y sociales de nuestro tiempo. Con Postal de olvido -premio "Arte Joven" de la Comunidad de Madrid-, el mapa poético de la escritora alcanza la dimensión de una cartografía personal. Intimidad y paisaje, emoción y descripción, se dan la mano en las estampas que jalonan este recorrido. Se trata, en efecto, de un conjunto de tarjetas postales escritas al filo de la madurez: una serie de "impresiones casi instantáneas", como afirma Antonio Gala en su carta-prólogo, que proponen una invitación al viaje. Además, la cuidada edición de El Gaviero hace de Postal de olvido un atractivo objeto artístico, un cuaderno de bitácora donde apuntar voces, ausencias y sensaciones.
El itinerario se abre con Embarque, que recurre al Viaje por antonomasia -la odisea de Ulises-, a través de los famosos versos de Kavafis que preceden a la composición. Aranda no ignora que alcanzar el destino es siempre un accidente, y que vivir consiste en navegar a la deriva. Así se advierte en el tríptico Oaxaca (Méjico), Trinidad de Cuba y Pinar del Río (Cuba). En este último, la autora reconstruye su genealogía familiar y la Historia colectiva de España al hilo de una fotografía de su bisabuelo. Aquel retrato ilustra las quimeras y los fracasos de todas las guerras, la experiencia de quienes regresaron del pasado con un "vendaje gangrenado de pérdidas" Tras el intermedio de Castilla -homenaje y revisitación evocadora de los campos machadianos-, los versos atraviesan las heridas abiertas de Bagdad y Gaza, la lluvia anónima de Teherán y el luminoso azul de Ishafán. El fatum invocado por una adivina en Shiraz anticipa la promesa de nuevas aventuras, simbolizadas por otros barcos y encarnadas en "un amor absoluto".
En el globo terráqueo que le sirve a la poeta de teatro de operaciones, conviven la condensación expresiva del haiku -Kioto y Sudáfrica- y el relato fragmentario de una historia sentimental. Asimismo, la soledad de las habitaciones de hotel en Cape Cross y en El Cairo contrasta con los paisajes anímicos que protagonizan Goa y Ceilán. La vieja Europa es el escenario de Bruselas, Oslo y tres poemas de tema portugués: Lisboa, Óbidos (Portugal) y Oporto. La atmósfera portuaria, la música de los fados y los versos de Pessoa, a los que la autora dedicó Alfama (2009), exponen ahora una lección de fugacidad: "la arcilla de lo pasajero / y los tonos violáceos que no supo / captar el objetivo de la cámara". Después de una escala en Tánger -donde Aranda se ha citado con el alma errante de Juanita Narboni-, el libro se adentra en tierras andaluzas: los sueños de juventud que asfaltan las calles de Granada, la permanente expectación que habita en "la ciudad de cien poetas" (Córdoba) o la "soledad meditabunda" que amortigua el rumor de Almería. El regreso también tiene nombre propio (Madrid), aunque por el camino la autora haya descubierto que volver es sólo una ilusión. El poema-epílogo Fragmentos de postales incluye también una apasionada declaración de amor y un inventario de distintos modelos de ciudad.
En definitiva, Postal de olvido es el testimonio de quien ha atravesado el espejo del mundo y ha decidido estar siempre de paso. En el envío final, Verónica Aranda convierte al lector cómplice en compañero de viaje literal y literario: "Ésta es tu poética, viajero. / No dudes en los cruces de caminos. / Demora tu regreso varios años". Si creen que su destino es perderse en los versos de un libro de poemas, ésta es su oportunidad. No se admiten fotos con flash. A cambio, prometemos no desvelar jamás su paradero.

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