jueves, 22 de abril de 2010

Cenicienta en sangre, por Isabel Murcia

Foto: Ana Santos Payán

DE CÓMO LA REALIDAD DEVORÓ A CENCIENTA

Cuenta la leyenda que, no mucho tiempo atrás, existió una escritora de aspecto frágil y rostro inocente, que dio a luz un libro. Y ese libro devoró a todos los cuentos. Hablan los ancianos de ese libro que dejaba la piel magullada y el ánimo desbaratado, porque narraba la historia de una niña, inocente, como su autora, que emprendió un largo viaje, un descenso desde el candor hasta el infierno.

En busca de su madre y con los bolsillos llenos de rencor, esa niña Cenicienta se paseó por las situaciones más sórdidas. Y no tuvo hada madrina que convirtiera calabazas en carrozas o ratones en graciosos pajes, sino que, en su lugar, topó con un cuentacuentos necrófilo, que mató a Pulgarcito, hizo enloquecer a Simbad el Marino y suicidó a Rapunzel. Pero el camino continuaba, y la niña Cenicienta siguió buscando a la madre que la convirtió en monstruo, hasta que llegó a un mar, como a la orilla Estigia, y se convirtió, así, en la Caperucita que torturó al lobo.

Ese libro acabó con los cuentos con perdices y puso el guisante bajo los mullidos almohadones de nuestras lecturas. Desterró para siempre la ñoñería de nuestro imaginario colectivo.

Ese libro se titulaba Cenicienta en sangre. Y su autora, Begoña Callejón.

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