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lunes, 25 de junio de 2012

Interior metafísico con galletas de Alberto Santamaría por A. Sáenz de Zaitegui



Cosmos significa orden. En el caos no es posible controlar, dominar, no hay jerarquías. Es lo que hace el demiurgo: ordena. Entonces aparecemos nosotros. A los seres humanos nos gusta el jaleo. Nos regimos por una lógica ni musical ni matemática, sino ilógica. Tendemos a llamar las cosas por cualquier nombre menos el suyo. Vemos la paz, y decimos: “Las palomas, como tajos/ de edad envenenada, acuden/ al rito funerario del pan”. Esto nos reconforta enormemente. A veces no nos conformamos con arrasar la estabilidad divina, y una vez que la casa está en ruinas, pulverizamos las ruinas: “Como luciérnagas/ cuyo óxido hace felices a los durmientes”. Establecemos con nuestro entorno una relación de egoísmo feroz, que nos lleva a ver las cosas sólo en función de nuestra especie: “Un melocotón reserva pura su piel/ para mi instinto”. Si no hay palabra para denominarlo, no existe. 

“No existir no es el problema. Tenlo presente”. Interior metafísico con galletas mira el mundo con ojos de niño sabio. Describe la experiencia de ser en un universo donde la esencia parece imposible. Alberto Santamaría registra imágenes, sonidos, la secuencia de actos inconsecuentes que se llama vida. “Huele a Francia”, dice. La metafísica no es lo que está más allá de la física, sino lo que viene después. Aspirar al orden demiúrgico mientras estamos vivos y además somos humanos carece de sentido. No es a eso a lo que estamos destinados. Al metafísico le interesa la ruptura, los vacíos de información, esos espacios o tiempos de la realidad donde el demiurgo se esmeró menos: donde el orden es vulnerable al ariete humano. No basta con ver: hay que penetrar el objeto con la mirada, hacerle sentir incómodo, humanizarlo. Hace falta inteligencia y su doble exacto: sentido del humor. La física busca la ecuación última que explique el cosmos: por qué hay orden y no caos. Más escéptica, la metafísica sospecha que la jerarquía es sólo un disfraz de la anarquía. 

Interior metafísico con galletas cuestiona lo superficial por el procedimiento de analizarlo hasta la extenuación. Construido por Einstein en 1905, nuestro universo tiene fisuras que el metafísico convertirá en abismos. Es el fin del significado, la razón. Es el no a la ley. Es la creación, esta vez humana, desde el principio. 

Fuente: El Cultural

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miércoles, 13 de junio de 2012

Interior metafísico con galletas de Alberto Santamaría por Víctor del Río


Sobre “Interior metafísico con galletas”

“Nos sobran teorías sobre el paisaje” es uno de los versos que leemos en el nuevo libro de poesía de Alberto Santamaría. Otros anteriores, tanto Pequeños círculos (DVD, 2009) como B (El Desvelo, 2011), procedían de un paisaje postindustrial que servía de escenario para su exploración en el lenguaje, capaz de dibujar paisajes sin teoría, y es curioso cómo se vuelve metafísico ahora el escenario de cosas mundanas en este nuevo libro. Una obra prologada por Rosa Benéitez en un magnífico y certero texto que en mi opinión ilumina la poética de Alberto Santamaría. Por su parte, El Gaviero Ediciones vuelve a arropar con una impecable e inconfundible edición esta entrega.
Versos extraídos como objets trouvés de la prosa del mundo, fragmentos reelaborados para ocupar un lugar estratégico en el paisaje de cosas particulares en las que se posa la mirada cuando no estamos viendo en realidad esas cosas sino sus trasfondos. Si tuviéramos que hacer una iconografía del bodegón cubista, como sugería Thomas Crow, encontraríamos curiosas recurrencias objetuales que no distan tanto de las que ponían en marcha los pintores metafísicos o más tarde los surrealistas, y cuyos nombres de puras cosas son ahora los habitantes de un interior del lenguaje, tal como sugiere Rosa Benéitez. Así la obra poética de Alberto Santamaría podría ser la inversión de aquella metafísica de los objetos que en otro tiempo ha sostenido la náusea, lo siniestro, el extrañamiento o el ready made de un arte voluntariamente alienado. Lo metafísico se vuelve aquí un lugar vacío que tiende al humor de la obsolescencia y la desubicación, que nos hace mirar desde la tenaz cotidianidad que ya se encarga de desmitificarnos. La náusea es sólo nuestro propio asco ante la indiferencia de las cosas a nuestro paso. Pero lo que encontramos aquí es la ironía que se deriva de sostener la mirada de tales cosas, o del abismo devolviéndola. Como dirá otro de sus versos, “-Por algo llevas la misma peluca / que las cosas”… Esa tensión se presenta con un viraje hacia la sonrisa imprecisa inscrita en la escena que, como en el azar objetivo de los surrealistas, hace pensar si no habrá alguna voluntad que la organice con el recado de algo cómico que nos advierte.
Fuente: Avistamientos
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domingo, 10 de junio de 2012

Agustín Fernández Mallo y Raúl Quinto escriben sobre Interior metafísico con galletas de Alberto Santamaría


Libros chulos: Interior metafísico con galletas, Alberto Santamaría, edit El Gaviero.
Un libro al que me siento muy afín, empezando por el título, tomado de la pieza de Chirico, El gran interior metafísico con galletas (1915), y terminando por el poema Himno a Ángels Barceló, que pude oír de viva voz la primera vez que el poeta lo leyó, en Morille, allá por 2005. Entre medias, una meditación acerca de la metafísica próxima y muy carnal.
La llamada del metafísico (fragmento)

Sentado así, de esta forma –escribe ella/ mientras el teléfono comienza a sonar/ al otro lado de la casa–,/  tu cuerpo guarda un difícil equilibrio./ Un hámster atrapado en su propio laberinto/ sería un buen ejemplo/ de eso que trato de decirte./ La habitación es demasiado grande para los dos:/ lo adivinamos pronto frente al espejo./ Una cama estrecha. Muebles de época./ Una lámpara de araña en lo alto/ nos impide dejar de mirar hacia el techo:/ alucinados y precisos como máquinas/ tragaperras./ Hay humo por todas partes/ –arquitectura blanca bien hilada–./ Sobre la pantalla del televisor/ sintonizado en un canal de cocina/ nuestra sombra se llena/ lentamente/ de nieve gris/ y ruidosa./ ¿Qué nos habrá traído hasta aquí?/ ¿Qué será eso que nos hipnotiza/ más allá de la materia?/
No es la pregunta/ lo que nos inquieta realmente/ sino el sonido que golpea tus labios/ como agitadas alas de murciélago./ No son las preguntas –ni siquiera sus palabras–/ sino esta melódica sensación de vacío/ que metódicamente nos invade./ Observo su forma de decir/ “en aquel edificio verde viví cuando era joven”/ y luego “algo así como quien interfiere/ en tus pensamientos sin pedir nada a cambio”./
Observo./


Palpando superficies.

Un título certero: Interior metafísico con galletas. El mismo de un cuadro de Giorgio de Chirico. Ambos nos muestran su taller, su sala de máquinas, igual que una alucinación. Santamaría (Torrelavega, 1978) escribe con los dedos, como en braille, palpando la superficie de las cosas, buscando las fisuras o los límites, donde la solidez se convierte en niebla.  Describe, narra lo que sucede, nos enfrenta a la realidad material para ver que tras lo epidérmico se filtra siempre, si sabemos mirar, la profundidad. La filosofía y sus interrogantes acerca del mundo. En los límites de las cosas y las palabras. Nos hace interrogarnos sobre lo que es la naturaleza, la permanencia, el propio sentido de la lengua, mientras vemos el telediario, oímos sonar el teléfono o nos embelesamos con las motas de polvo chocando contra la bombilla. La lección de Wallace Stevens bien aprendida: la realidad como mantra. Pero siempre yendo más allá. Buscando “eso que nos hipnotiza más allá de la materia”(p.25).


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martes, 5 de junio de 2012

Interior metafísico con galletas de Alberto Santamaría por Unai Velasco



LA SOMBRA DE UN MELOCOTÓN

Alberto Santamaría, Interior metafísico con galletas,
El Gaviero Ediciones, Almería, 2012, 59 págs.

Wallace Stevens, poeta olímpico en la teogonía  de Alberto Santamaría (Torrelavega, 1978), que es la creencia, y no el dios, lo que cuenta.  Para la metafísica aristotélica —cuando todavía era necesario subir al ático para contemplar el mundo—  lo importante era, ante todo,  averiguar lo divino, aquella ciencia de las primeras causas. Hace mucho que no es dios lo que cuenta ya, pero sí la creencia, la percepción emocionante del mundo: No son las preguntas     —ni siquiera sus palabras— / sino esta melódica sensación de vacío / que metódicamente nos invade, afirma Santamaría. O como dice la cita de Boscán al principio del poemario: ¡Oh, revolver del cielo, que dispuso acá en el mundo un hombre tan confuso! Ya no sabemos qué es peor, si la curiosidad malsana por un qué supremo y por todo lo alto o la constatación, todavía más absurda y angustiosa, de que toda pregunta es inútil. Podremos borrar al dios, podemos borrar la pregunta y sus señas, pero queda acá la creencia dentro del hombre, queda acá algo que nos hipnotiza más allá de la materia.  Queda la predisposición humana como una matemática rara, con tendencia a infinito. Es lo humano, el mundo, explica Santamaría con una imagen maravillosa, quien nos pide arrancarle al día su secreto: Una lámpara de araña en lo alto / nos impide dejar de mirar hacia el techo. ¿Pero qué secreto? Este libro se pregunta, entre muchas cosas, por qué los objetos se desbordan. Santamaría no escribe sobre la metafísica, ni siquiera sobre lo que ahora, y como acabamos de explicar, entendemos por metafísica, sino sobre lo que el escozor metafísico provoca en el hombre. 

Santamaría, evidentemente, ha heredado de Stevens la propuesta fronteriza: de qué manera se dan la mano realidad y ficción, qué son estas cosas; por lo menos en El hombre que salió de la tarta (2004) y en Notas de verano sobre ficciones de invierno (2005), una vía reflexiva que guarda relación con sus consideraciones críticas que se pueden leer en su blog (hace muy poco, embistiendo contra el regreso de la crítica conservadora bajo las formas del reseñismo epatante y libertino de la blogosfera). Pero Santamaría es también un poeta vinculado a las bellas artes: no solamente porque maneje referencias (las vértebras pop de su poemario El hombre que salió de la tarta o la alusión a De Chirico y la pintura metafísica), conceptos (hay una clara idea de sublime en este libro, un tema sobre el que el autor ha escrito) y porque además es profesor de estética y arte contemporáneo en la Universidad de Salamanca, sino sobre todo por la calidad plástica de sus versos. De la estética del paisaje sublime, por ejemplo, Santamaría ha tomado la figuración para plantear el problema del metafísico, expresado en forma de desajuste de escala en el primer poema (La habitación es demasiado grande para los dos) o en el tercero (La playa tiene esta forma perpendicular a los hechos), la intimidad humana como un lío entre disposición y predisposición.

Interior metafísico con galletas tiene unas dimensiones más breves que sus anteriores poemarios, su tema está más acotado y quizá por ello tiene un tono más meditativo también sobre el cual se engarzan las imágenes de escuela surrealista (esa forma inusual de juntar palabras donde han militado Neruda, Gamoneda o Luisa Castro, por decir algunos). No encontramos la vertiente novísima que recorría Notas… y El hombre… (esa estética de culturalismo indie que ha practicado gente como Elena Medel en Mi primer bikini: Joey Ramone, Family…), pero permanece el interés por los cuerpos: la fruta, un motivo habitual en su poesía, nos recuerda cuál es el campo de batalla: el de lo sensible, los perfiles, los volúmenes, el juego de la luz: Nada de lámparas ni de genios. En mis ojos / cientos de miles de sensores actúan / para saber  / que esto es un cuenco y su fruta / roja y amarga. Así de simple. Nada más. / Un melocotón reserva pura su piel / para mi instinto.

*Reseña publicada originalmente en el número de junio de 2012 de la revista Quimera.

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viernes, 1 de junio de 2012

Interior metafísico con galletas de Alberto Santamaría por Fernando Sánchez Calvo



La metafísica es una parte de la filosofía que investiga acerca del ser y de sus principios, orígenes y causas primeras. 

Las galletas, aparte de estar muy buenas, son redondas (la figura preferida por los filósofos) y maleables (la textura preferida por los poetas). 

«¿Qué será eso que nos hipnotiza / más allá de la materia?» es una de las grandes preguntas que un incombustible poeta y crítico literario se hace en la última joya de la colección Guairo, quizás (aunque sólo sea por los once títulos ya publicados bajo esta franja) la más conocida de El Gaviero Ediciones. No es la primera vez ni la primera colección, no obstante, en la que metafísica y cotidianeidad comparten escenario en El Gaviero. Otro de los títulos más vendidos de la editorial, ¿Cuánto dura cuánto?, de María Eloy García (Colección “Cuarto Menor”), ya acertó a vislumbrar que es nuestras mascotas, en las cajeras, en las peluqueras y en la gente que nos rodea donde tenemos que buscar (léase, por ejemplo, De cuándo descubrí que la vecina del tercero B es la filosofía). Sea en las personas, como es el caso de la poeta malagueña, o en las cosas, como es el caso de Alberto, la materia prima para “entender” (en el significado literal de la palabra) la tenemos.

Pero volviendo a Alberto Santamaría y a su materia, es ésta, «¿Qué será aquello que nos hipnotiza?», una de las grandes preguntas y seguramente origen del resto de dilemas del libro, el que, a medio camino entre la filosofía (la cual nunca busca respuestas) y la eterna desventura del vivir cotidiano (el cual siempre las busca) encuentran el camino para hacer más visible lo visible. Si hay algo que no quede claro hasta ahora (seguro que todo), el magnífico, preciso y también metafísico prólogo de Rosa Benéitez al poemario dará más luz al lector que se enfrente a esta ni siquiera decena de poemas.

Lo único que esta claro, eso sí, es que hay que mirar de nuevo y mirar de un nuevo modo. Con nuevos ojos, con nuevas actitudes («No existir no es el problema. Tenlo presente / Es su propia naturaleza / la que nos retiene»), con nuevas aptitudes («Chupar /cabezas de marisco / es algo delicioso sólo a partir de los cincuenta») o incluso con nuevas asociaciones (Farfullando como un subastador con problemas de vejiga), con todo aquello que se quiera, pero siempre y cuando incluya la palabra “nuevo”. Al fin y al cabo un poema es eso y un poeta es ése: la nueva realidad que surge gracias a la asociación de dos antiguas realidades porque, eso sí: en la realidad y en la naturaleza de siempre es donde tenemos que mirar, sólo que de un modo distinto. Sólo así podremos comprender cómo una zapatilla de andar por casa puede llorar su soledad al lado de un sofá, cómo una piedra alguna que otra vez puede sufrir por no encontrar su esencia o cómo la misma Angels Barceló es capaz de narrar la noticia más anodina del mundo con la misma profundidad que podría relatarse el fin de nuestros días. Sólo encontrando una luz, una intuición, alguna explicación de soslayo en los agujeros de una galleta, a todo lo que nos rodea, podremos también comprender, maravillados, que dicha periodista merece ese himno.