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martes, 17 de diciembre de 2013

POR QUÉ REGALAR POESÍA EN NAVIDAD


Buscábamos razones para regalar poesía en Navidad y estas fueron algunas de las respuestas que nos dieron:



porque siempre es mejor regalar poesía que unos calzoncillos o unos calcetines...
Pepe Olana, editor y librero

Porque de pequeña nunca me regalaron la casa de Cásper, de mayor pido mucha poesía. Una cuyos versos sean fuertes, y no de plástico, con la que poder construir mi verdadera casa. 

Luna Miguel, escritora

La poesía contribuye de modo sustancial a hacer mejores ciudadanos. Es decir, nos hace o nos debería hacer más tolerantes, más solidarios y más persona, en el sentido griego de esta última palabra.

Manuel Borrás,  editor


Creo que, justamente en Navidad, andamos necesitados de cosas que no hagan ruido. La poesía quizá no tenga otra cualidad más estimable que la de inducir silencio, sobre todo si los poemas no riman y son cortitos y abren en la página grandes espacios en blanco. 

Alberto Olmos, escritor

la poesía te revelará tantas cosas bellas... Lo  agitará y recolocará todo en tu cabeza y en tu corazón. Te acompañará al clímax de la vida porque, a diferencia de otros, la poesía estará contigo para siempre.  Regalar poesía es regalar mariposas, estrellas, libélulas, lunas, olas del mar... 

Lucía García Rodríguez Directora de LABoral Centro de Arte y  Creación Industrial


porque tarde se aprende lo sencillo. porque el agua de sifón sabe a pie dormido. porque debajo de las multiplicaciones hay una gota de sangre de pato. porque no era el amor y se llamaba antonio. porque poesía es esto y esto y esto y... porque el mundo, si no regalas poesía, se hará más pequeño y acabará, inexorablemente, tragándote con sus dientes afilados

Alberto Santamaría, escritor


Una buena razón para regalar poesía en Navidad es que los romanos por estas mismas fechas se regalaban libros de poemas o incluso poemas sueltos que acompañaban a los regalos. Nosotros, seamos cristianos o paganos, ateos, agnósticos, indiferentes, o de cualquier otra religión, somos sustantivamente romanos. Ellos afrontaban estos días de oscuridad y de frío regalando poemas con motivo de sus fiestas.


Juan Antonio González Iglesias, poeta


No encuentro ningún motivo para reglar poesía por Navidad, porque no creo ni en los regalos ni en el nacimiento de un ser extraordinario. No me gusta vestirme con las ropas del evangelista de la verdad, porque para eso están los poetas. Ellos me enseñan que el ser humano, que tú y yo, somos seres autónomos, independientes y responsables de nuestros actos. Es la lectura de los poetas y su poesía, todo el año, la que forma mi empeño crítico contra una sociedad que es educada en el descrédito de la fortaleza de su comunidad. La poesía es una contraenseñanza al margen del calendario y las ofertas.

Peio H. Riaño, periodista



POR QUÉ REGALAR POESÍA EN NAVIDAD

En “Libellus de nativitate domini”, un relato algo críptico –cómo si no– de Jorge Luis Borges que formó parte de la colección Borges, el otro y yo (Buenos Aires, Trigo Macareno Editores, 1951), uno de los personajes, Ludovicus Holmesterius, viejo profesor neerlandés de Arameo en la especialidad de Filología Bíblica Trilingüe de la Universität Tübingen formado en la Maastricht Universiteit, se convierte en el hilo conductor de una investigación que demuestra fehacientemente la antigua teoría de que los magos o sabios o reyes –posibilidad esta última menos verosímil, y, por eso mismo, más literariamente sensible de cuajar en el imaginario tan voluble de la nuestra especie que fueron guiados por la estrella (o cometa o luz fulgurante en términos generales: las posibilidades se bifurcan o estallan en múltiples direcciones) desde Oriente, tierra y hogar de Ariosto y de los árabes, estos tres varones santos de luengas barbas y tez variada como un anuncio de unitedcolorsofbenetton que vicariamente representarían la plenitud de las naciones arrodillada ante su rey todopoderoso reencarnado en el salvador de la humanidad, estos hombres que se humillaron ante el infante recién nacido en el pesebre de Belén por imperativo del imperio y de la gestación a término de la hembra humana, dejaron a los pies del considerado desde entonces por sus discípulos tras sucesivos movimientos pseudoheréticos cordero de dios, chivo expiatorio, enviado, el Enviado, en cumplimiento cabal de las obligaciones narrativas inscritas en las profecías antiguas de orden canónico, no dejaron, defiende Holmesterius, cuyas teorías algo heterodoxas ponen sin pretenderlo y sin plan preestablecido cabeza abajo de manera erudita la cronotopografía literaria más al uso, no ofrendaron el oro, el incienso y la mirra que sin ningún detalle narrativo o justificación estructural dignos de mención asegura el evangelio canónico de Mateo (2, 11) fueron el regalo o tributo u ofrenda, sino que entregaron al impúber, que, despreocupado y atento (en una de esas paradojas que tanto gustan a los elegidos y que será marca de actuación futura en su vida pública: dejad que los muertos entierren a sus muertos, mirad los lirios del campo), dormitaba arropado por la calidez bovina y la tozudez de la mula y protegido por las legiones angelicales, algunos manuscritos con escolios y adendas, códices miniados por manos ateridas cuya textura y pigmentación no volvería a verse hasta varios siglos después, papiros bellamente adornados con letras capitulares copiadas posteriormente por las distintas escuelas aldinas, legajos varios impregnados en aceites protectores para conservar delicadísimas tintas naturales, pieles repujadas y alisadas para aceptar inscripciones, soportes todos ellos conteniendo colecciones de versos en lenguas notas e ignotas, en alfabetos manieristas o caducos, en reuniones y asociaciones glíficas de potencia desconocida, i.e. líricas efusiones griegas premonitoriamente sáficas, poemas épicos con vaguedad inspirados en héroes arquetípicos y reales, epístolas morales con trabajos y con días, cantos amorosos cuajados de pechos cual cántaros de miel y reyes embriagados por licores inmediatos, punzantes variedades epigramáticas, caligramas y acrósticos de altísimo valor artístico los primeros y de voluntaria oscuridad los segundos, himnos desatados, salmos medidos y melódicos, diálogos pastoriles de todo melancólico, brevísimas composiciones sobre la naturaleza, en ocasiones también sobre algún tipo de anfibio, aforismos crípticos y veladas alusiones filosóficas a los elementos primigenios (variadas formulaciones sobre el ser, que incluían los números también), notaciones musicales en escalas inauditas, runas escandinavas, tiradas de versos mántricos, bestiarios verosímiles, cosmogonías sintácticas, almanaques ilustrados, cartas de navegación con indicaciones confusas pero imposibles de soslayar por la capacidad embaucadora de las palabras, mapas con ciudades que limitan con ellas mismas, atlas que apartan al viajero, con embelecos rimados, de su destino y le proponen, sin que él mismo lo perciba porque ha caído en el abismo de la sinestesia, un éxodo de sí mismo, leyendas acerca de seres híbridos y hermosos, encendidos versículos plagados de desahogos dionisiacos y extáticos, lenguas vivas, lenguas muertas, cada poema con su piedra rosetta incorporada.

Añade el narrador del relato, en nota a pie de página, que quiso el Destino, comparado este con una hormigonera acelerada en osada metáfora industrial y notado en mayúscula por estrategia magnificadora pero no mixtificante, que Holmesterius, asiduo partícipe en las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en Tierra Santa en calidad de asesor representando a su universidad, acompañara a los anticuarios (otras fuentes apuntan a responsables de museos públicos o funcionarios de la cultura o, no es descabellado, expoliadores o contrabandistas experimentados) que en el año de 1947 negociaron sin contemplaciones con Jum’a y su primo Mohammed ed-Dhib, los dos pastores beduinos de la tribu Ta’amireh que habrían encontrado enterrados en una cueva de Qumrán unos rollos con documentación sobre la secta de los Esenios y que serían desde ese momento los Manuscritos del Mar Muerto o Rollos de Qumrán.

Esto es lo que contaban, según el elusivo narrador del relato, los rollos que conservó Holmesterius (hoy en paradero desconocido) tras aquella reunión con los beduinos: que el regalo epifánico, el presente revelado, el obsequio de la manifestación, fueron los versos pasados y futuros (en esto difieren las versiones, que se mueven entre la alegoría y la profecía) transportados por los magos, guiados por la luz, al pesebre. Termina el relato de Borges como terminan todos los relatos que de verdad importan: sin final (tampoco sería esta la ocasión mejor para explicitarlo, en caso de tenerlo). Sí que se consigna que, según mantienen en todo caso algunos viajeros avezados, es costumbre todavía entre algunas comunidades de beduinos desperdigadas por las zonas más inaccesibles entre Jericó y Masada, en la orilla más fértil del Mar Muerto, reunirse en torno al fuego cada vez que nace un niño y compartir versos compuestos para la ocasión, en ambiente festivo con gran profusión de licores y danzas al ritmo de sincopadas melodías. Ningún otro regalo llevan al recién nacido excepto las palabras de la comunidad traídas desde los extremos del valle, desde las profundidades de las gargantas, lejanas, oscuras; ningún otro regalo sino el rimado presente de la voz común, el obsequio de la palabra clarificadora o de la metáfora brillante (que, también en nota, el narrador borgiano quiere identificar con la estrella y los ángeles, esos seres de luz), las cuales, según se desprende de las crónicas literarias de estos viajeros, si se entregan de corazón, se convierten en calor y en pan y en telas estampadas y en amor y en futuro. 

Javier García Rodríguez, escritor


 www.elgaviero.com

martes, 7 de mayo de 2013

Shadow: pequeña antología de la oscuridad


Foto: Ana Santos Payán
sombras en las que creemos haber visto algo
Estíbaliz Espinosa, papel a punto de

Su corazón es un nervio nocturno que se atora a las sombras del cuerpo
David Meza, El sueño de Visnu

suben las sombras del dolor,
se alejan los recuerdos
y se moja el mar de luz
Carles Duarte, Los inmortales

La vida se detiene aquí. Sombras cálidas abrazan mi destino.
Begoña Callejón, Cenicienta en sangre

Te preguntas si desde fuera
habrá forma de nombrar las sombras.
Harkaitz Cano, Alguien anda en la escalera de incendios

–Sí, cariño, todo está bien– te ofreceremos una de sombras para
que puedas perderte.
Natalia Manzano, Apnea

volar a muchos
centímetros del suelo hablar con las sombras
Maite Dono, Circus girl

Mi amor siempre viaja en tren
a la velocidad de las sombras
que alivian la violencia solar.
Javier Corcobado, Yo quisiera ser un perro

me debato entre sombras
y alfileres de agua
Raúl Quinto, Qué la fuerza te acompañe

Quizá hubieses querido
proyectar en tus palmas, por las sombras,
sobre el temblor de todo lo tocado
el animal del miedo que eras tú.
Lorenzo Oliván, La noche a tientas

Las sombras no
mellan el resplandor:
la luz es sólida.
Eduardo Moga, Los haikús del tren


Vistiendo sombras
Ana Gorría, Araña

ser sobre la tierra
y no ser
sino sombras
nómadas bajo la vía láctea
Juan Manuel Barrado, Fragmentos de cal

Sobre la pantalla del televisor
sintonizado en un canal de cocina
nuestra sombra se llena
lentamente
de nieve gris
y ruidosa.
¿Qué nos habrá traído hasta aquí?
¿Qué será eso que nos hipnotiza
más allá de la materia?
Alberto Santamaría, Interior metafísico con galletas

Y corro entre los fantasmas
Que me dan la leche de sus sombras irisadas
Y veo a mi madre
Y corro
Y me corro
Maite Dono, Sobras

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domingo, 27 de enero de 2013

El sueño de Visnu de David Meza por Jorge Díaz Martínez


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El sueño de Visnu de David Meza

 El Gaviero Ediciones, 2012



¿Dónde empieza el Barroco y dónde acaba? ¿Puede hablarse de un barroco anterior al siglo XVII? ¿Qué paralelismos podemos encontrar entre la épica mitológica, las alegorías pictóricas medievales, las imágenes surrealistas del inconsciente o el sudamericano realismo mágico? A responder preguntas como estas –y no siempre con las mismas conclusiones- dedicaron  importantes estudios teóricos tan influyentes como Wölfflin, Hauser, Walter Benjamin o Eugeni d´Ors, entre muchos otros. Estas mismas cuestiones me vuelven a la mente durante la lectura de El sueño de Visnu, de David Meza, un verdadero bildungsgedicht del cual ésta es solo la primera entrega. Maravillosa escritura, maravillosa en el mismo sentido que se puede decir de las obras de Lezama Lima, García Márquez, Octavio Paz, Valle Inclán, García Lorca, Góngora, Apollinaire, Dalí, Escher, Hieronymus Bosch (El Bosco), Cortázar, Magritte, Rimbaud… con la peculiaridad de que el autor contaba tan solo veinte años en el momento de su publicación. Si la precocidad es notoria, no lo es menos el talento.  

Las cosas están cambiando en la poesía española, y posiblemente también en la de otros países. Los versos de este joven mexicano publicado en Almería recuerdan a los versos de otros jóvenes (y no tan jóvenes) poetas españoles como Juan Andrés García Román, Alberto Santamaría, Elena Medel o David Leo García, entre otros. Estos autores tienen en común -en distintas proporciones- la determinación del verso libre, libérrimo, la inclinación por las formas abiertas, también una tendencia hacía la mirada infantil -el espíritu lúdico combinado con la melancolía-, todos ellos exhiben con gusto su artificio, las construcción de conjunto de sus libros, la intención de exprimir los recursos poéticos hasta apurar el jugo. Todo esto lo encontramos también profusamente en El sueño de Visnu, un prodigio de desparrame verbal, de exuberante desorden que no resta por ello coherencia a una poética unitaria de sentido, un discurrir que recuerda a veces casi a una narración donde el poeta ha querido sembrar brillantes aforismos junto a declaraciones de toda índole:

Mi vida es una nota al pie de mi obra.

Comprendo tres veces mejor lo que sentía Góngora como poeta, que lo que yo, como humano.

Las palabras no son el Espejo del Mundo. El Mundo es el Espejo de las palabras.

El lector no es una cosa distinta del poema

Y el sueño más hermoso de mi generación es poder seguir soñando.

Ruega, Señora, por nosotros las marionetas

En algún momento escribí Copérnico en el cielo y el centro del hombre siguió siendo el mismo

Quiero que mi clase social sea la vida


También me gustaría mencionar la extraña mezcla de ingenuidad y sublimidad que se trenza en la escritura de David Meza, una extrañeza a la que se refiere Luna Miguel en su blog: “Hay en el autor una mezcla explosiva de ingenuidad y maravilla que convierte grandes versos en versos menores, y malos versos en diamantes brutos. Es extraño este efecto. Es  extraño y por eso nos aturde.” (01/12/2012). Efectivamente, en ocasiones pensamos que a este libro le sobran demasiadas mariposas y estambres y nos sorprende que alguien pueda ser tan contundente y liviano a la vez. Puede que la explicación consista, simplemente, en que al autor no le importe. Tal vez David Meza entienda que su poesía debe comprenderlo todo, desde el versito más rosa hasta el onirismo ideológico más inesperado. Tal vez David Meza piense que no puede hacer caso a unas censuras que pertenecen también a esa normativa literaria de la que su poesía voluntariamente se aleja. En cualquier caso, junto a la inteligencia y la imaginación desbordada de este poemario,  no puede molestar el vuelo de algunas lepidópteras.

Fuente: Culturamas

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sábado, 22 de septiembre de 2012

Otoño: la rendición de la clorofila

Foto: Ana Santos Payán
Cercano el otoño, se rindió. 
Ana Tapia, El polizón desnudo

El baile, el sollozo y el negro persistente
se rebelan en las hojas de otoño 
Fatena al-Gurra, Excepto yo

La obra que acababa de hacer no era para los hombres, era para la vida. Las ramas seguirían creciendo, las hojas naturales se caerían al llegar el otoño, pero las suyas permanecerían. Había injertado en aquel árbol la eternidad posible.
Antonio Portela, Ciudadano romano

En otoño hacíamos batallas de hojas secas hasta que mis mejillas estaban rojas.
Natalia Manzano, Apnea

Otra cena que se retrasa.
Es un imperio esta acera,
pan tierno en el bocadillo del otoño.
Alberto Santamaría, Interior metafísico con galletas

Octubre.
El primer frío.
Su memoria arde ya
en el país del-viento.
ver llegar el-otoño una mañana desde el
Café Comercial. juntar todas-las-barras de todos-los-bares del mundo
es una película francesa.
Elise Plain, Pan para la princesa

En el bosque
es otoño y las putas
son cuadros de Rafael,
negro y carmín.
Javier Corcobado, Yo quisiera ser un perro

informe:
un cielo repleto de otoño…
es como tartamudear la
soledad
Mónica Valenciano, Almanaque poético

Escombros de la paz y del otoño, última habitación de la impotencia. 
Ana Gorría, Araña

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jueves, 23 de agosto de 2012

Interior metafísico con galletas de Alberto Santamaría por Patricio Pron




Anthony Cronin cita en su biografía de Samuel Beckett (Samuel Beckett, el último modernista. Segovia: La Uña Rota, 2012) una, para sus estándares, inusualmente larga reflexión del escritor irlandés acerca de la ruptura entre el sujeto y el mundo:
 
"[...] la crisis empezó a finales del siglo XVIII. Los enciclopedistas estaban todos locos [...] Dieron a la razón una responsabilidad que lisa y llanamente no puede sostenerse, es demasiado débil. Los enciclopedistas aspiraban a saberlo todo... pero esa relación directa entre el yo y... como dicen los italianos, lo cognoscible, ya se había roto. [...] Leonardo da Vinci aún lo tenía todo en la cabeza, aún podía saberlo todo, pero ahora [...] Ahora ya no es posible saberlo todo. El vínculo de unión entre el Ser y el Objeto ya no existe" (568-569).
 
Beckett apunta aquí a la crisis de sentido que opera en su obra (articulada en torno al mandato contradictorio de expresarlo todo y la imposibilidad de hacerlo), pero también en buena parte de la sensibilidad modernista. Alberto Santamaría (véase también aquí y aquí) profundiza en esa crisis en su último poemario, Interior metafísico con galletas (bellamente editado por El Gaviero y prologado brillantemente por Rosa Benéitez): su tema no es tanto el viaje que hace una pareja (y que la reduce a "restos"), sino más bien la imposibilidad de establecer leyes de alcance universal sobre lo que observa la conciencia que narra. Esa conciencia lo experimenta todo de forma simultánea y fragmentaria, "desenfocando" la mirada para desnaturalizar sus vínculos con lo real en un procedimiento del que emerge una nueva forma de visión, un remedo de un nuevo pacto entre el sujeto y los objetos. Un nuevo procedimiento para no sucumbir ante unas cosas que nos son familiares al tiempo que profundamente ajenas, un pequeño esfuerzo para poner fin a la crisis de la modernidad.
  

Un poema: Himno a Ángels Barceló
 
ella dice atentado
y la piel se le enreda alrededor del ombligo como una cereza
es su deseo. atenta la cámara
y su palabra es el eco de las ochoymedia.
de su escote nace la mirada
de otro mundo. madre o lujuria
su piel es látigo y mi látigo sus labios
qué savia da forma a sus sílabas,
qué rojo débil su perfilador asesino.
da paso a los deportes, su sonrisa
abre la noche como un pan, y quietos
la esperamos. ella dice maltrato
y al fondo mis células son aves calladas, motores
que elevan la sangre a deseo. ella dice
y sus dientes inundan la cantina, y el aliento
del invierno repentino nos envuelve en el liso manto de su piel
bronceada en lo más profundo de diciembre. cenamos,
repican las últimas gotas en la ventana. sabemos
que en palestina han muerto cuatro y que en dakota
alguien inventa "el método definitivo para extender su pene".
ella lo dice y yo quisiera saber qué pájaros habitan entonces su vientre.
ella dice y nosotros creemos sorbo a sorbo en...
...quietos, silencio, alguien habla suavemente en su oído,
ángeles o cuerpos eléctricos. dicen, susurran
alguien habla. al otro lado, sí, al otro lado
pide paso rosa lerchundi.
 
 
Alberto Santamaría
Interior metafísico con galletas
Pról. Rosa Benéitez
Almería: El Gaviero, 2012
[Publicado el 21/8/2012 en el Blog de Patricio Pron]

lunes, 6 de agosto de 2012

Fragmentos de sol y sal



Foto: Ana Santos Payán













Y no hay que retroceder, porque el
tiempo no retrocede, porque el universo en su fluir no retrocede,
porque la mujer de Lot miró atrás para contemplar lo que había perdido
y la sal devoró su estructura, porque Orfeo miró atrás y perdió
lo que más quería. Por todo eso. No retroceder nunca.
Raúl Quinto, Idioteca


He soñado con dios
Dios estoy segura debe parecerse al sol
En mi sueño era luz
Una luz intensa y cegadora que calentaba
Muchísimo
Y yo me encendía
Y yo me encendía
Maite Dono, Circus girl
Tanto deseo en
medio de toda esta
tristeza de sal.
Sara Gallardo, Epidermia

Porque tu cuerpo huele a suavizante...
No. A sábanas recién tendidas bajo un sol de azotea en estéreo.
Alejandra Vanessa, El hombre del saco



Por la posteridad. Esa inflamación de la espera. Una llaga abierta en lo inerte y aliviada
con sal para que no cure nunca. El postre de la vida. Lo que rima entre tus ojos. Con
forma de Oh!
Estíbaliz Espinosa, papel a punto de


muy pronto,
antes de que llegue el verano con la sal
lenta
de las olas hasta tu ropa.
Alberto Santamaría, Interior metafísico con galletas

Entre sudores fríos te rompes las uñas blancas de sal.
Begoña Callejón, Cenicienta en sangre

Siento el calor como las mesas
Que les da el sol y nada más
Angélica Lidell, Almanaque poético

Al final, un frescor in fi ni to de algas y sal in-va-de todo mi cuer po. ¿Qué tiene la
alegría?
Elise Plain, Pan para la princesa

Y si cierro los ojos
hay eclipse de sol hasta que vuelvo a abrirlos y sumergen al mundo en rayos
color algarrobo.
Fatena al-Gurra, Excepto yo

Y hoy en el crepúsculo
somos dos estatuas talladas
por un grupo salvaje al sol.
Javier Corcobado, Yo quisiera ser un Perro



Atrás dejar la sal. Volver a casa.
Ana Gorría, Araña
El anhelo del Sol
nunca encuentra reposo
Carles Duarte, Los inmortales



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lunes, 25 de junio de 2012

Interior metafísico con galletas de Alberto Santamaría por A. Sáenz de Zaitegui



Cosmos significa orden. En el caos no es posible controlar, dominar, no hay jerarquías. Es lo que hace el demiurgo: ordena. Entonces aparecemos nosotros. A los seres humanos nos gusta el jaleo. Nos regimos por una lógica ni musical ni matemática, sino ilógica. Tendemos a llamar las cosas por cualquier nombre menos el suyo. Vemos la paz, y decimos: “Las palomas, como tajos/ de edad envenenada, acuden/ al rito funerario del pan”. Esto nos reconforta enormemente. A veces no nos conformamos con arrasar la estabilidad divina, y una vez que la casa está en ruinas, pulverizamos las ruinas: “Como luciérnagas/ cuyo óxido hace felices a los durmientes”. Establecemos con nuestro entorno una relación de egoísmo feroz, que nos lleva a ver las cosas sólo en función de nuestra especie: “Un melocotón reserva pura su piel/ para mi instinto”. Si no hay palabra para denominarlo, no existe. 

“No existir no es el problema. Tenlo presente”. Interior metafísico con galletas mira el mundo con ojos de niño sabio. Describe la experiencia de ser en un universo donde la esencia parece imposible. Alberto Santamaría registra imágenes, sonidos, la secuencia de actos inconsecuentes que se llama vida. “Huele a Francia”, dice. La metafísica no es lo que está más allá de la física, sino lo que viene después. Aspirar al orden demiúrgico mientras estamos vivos y además somos humanos carece de sentido. No es a eso a lo que estamos destinados. Al metafísico le interesa la ruptura, los vacíos de información, esos espacios o tiempos de la realidad donde el demiurgo se esmeró menos: donde el orden es vulnerable al ariete humano. No basta con ver: hay que penetrar el objeto con la mirada, hacerle sentir incómodo, humanizarlo. Hace falta inteligencia y su doble exacto: sentido del humor. La física busca la ecuación última que explique el cosmos: por qué hay orden y no caos. Más escéptica, la metafísica sospecha que la jerarquía es sólo un disfraz de la anarquía. 

Interior metafísico con galletas cuestiona lo superficial por el procedimiento de analizarlo hasta la extenuación. Construido por Einstein en 1905, nuestro universo tiene fisuras que el metafísico convertirá en abismos. Es el fin del significado, la razón. Es el no a la ley. Es la creación, esta vez humana, desde el principio. 

Fuente: El Cultural

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viernes, 22 de junio de 2012

Hoy Pablo Gallo y Alberto Santamaría en la Librería Gil de Santander




Pablo Gallo, Hiperhíbridos
Prólogo: Eloy Fernández Porta
Textos: Basho Bin-Ho
ISBN: 978-84-15048-04-6
PVP: 18€
140 páginas microperforadas
Colección: Salamandria 9
Primera edición, 666 numerados.



Alberto Santamaría, Interior metafísico con galletas
Prólogo: Rosa Benéitez
Ilustración: Elena Pedrosa
ISBN: 978-84-15048-08-4
PVP: 16€
62 páginas
Colección: Guairo, 11
Primera edición, 666 numerados.

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lunes, 18 de junio de 2012

Idioteca de Raúl Quinto por Sofía Castañón


Encontrar las palabras para hablar de
Ilustración de Cristina Llorente








Ahora que llego al último poema de Ruido blanco (La Bella Varsovia, 2012) como quien llega de un paseo largo en el que el paso de los días importa poco porque nosotros secuenciamos de otra forma, ahora me atrevo a hablar de Idioteca. Tras casi dos años de lectura y relectura desde que llegó a mis manos. De imposibilidad para. De escasez para decir que. Todo este tiempo asumiendo que hablar de aquello que nos importa es mancharlo, distorsionarlo, aburrirlo. Como con todo, siempre, destrozamos al tocar. Pero con aquello que nos importa no queremos, no sabemos. Qué contar, por más que el entusiasmo grite “compartir”. Los lectores entusiastas no somos buenos para hablar de los libros que nos entusiasman. O no siempre.
Entrar en Idioteca tiene esa cosa de museo virtual, muy blanco, en el que nos paramos frente a pantallas. Como una sala con vídeoinstalaciones en la que perder la noción del tiempo y de las distancias para con el tiempo. El modo en el que los ítems, los temas, se hipervinculan en la mente de Quinto y cómo lo cuenta. La épica que hay tras el Coyote como un Sísifo con piedra ACME, como la metáfora del American Way of Post-industrial Life. Aprender y desaprender con Itten, un limón, un campo abrupto y amarillo, porque la representación de las cosas es representación. El autor dobla las cuerdas del tiempo para decirnos que Goya escuchaba “Shadow of a doubt” de Sonic Youth mientras pintaba su Perro ahogándose en la arena, la más angustiosa y al tiempo sensata de sus pinturas negras.

Si pensamos en el arte como elemento explicativo del mundo, las cronologías no son eje sino opción. Dice Alberto Santamaría en el prólogo “hologramas”, y no le falta razón, porque el recorrido a pies descalzos que el lector hace porIdioteca no puede ser en soportes analógicos. Sin rebobinar con esperas, todo se activa con la mirada, (si queremos decir digital, con la yema de los dedos, pero no). Esta galería de seres que lo son por lo que hacen, pintan, dicen, aguanta como funambulistas cuando cae sobre ellos la mirada de Quinto. Cuestionar sin miedo al anacronismo porque eso también es un constructo.
Por dónde andará Saussure piensa esta lectora, entre tanto pulso de significante y significado. Lo que es y lo que decimos. Y lo que entendemos y. Dónde andará el tipo y qué diría frente un café con los del círculo de Viena y Raúl Quinto. Lo que hay y su forma representativa, la elección de una forma y no otra para.
Cómo no pensar, después de cerrar el poemario Ruido blanco, que Quinto lleva tiempo diciéndonos que no nos entendemos. Y que no nos entendemos porque no nos da la gana, porque seguimos pautas que. Porque forzamos análisis y no miramos otros análisis. Se titula Idioteca y sin embargo es un libro tremendamente político éste que (como siempre) publica con cuidado y gusto El Gaviero Ediciones. Como si quienes pueblan las páginas de este texto híbrido estuviesen aislados del mundo, pero no la mirada.
A Raúl Quinto le preocupa el mundo en el que vivimos desde las formas en que lo interpretamos y expresamos. Es el verbo el que nos hace carne. Y qué hacemos entonces con el verbo, su plasticidad, su código. No todo vale, pero todo lo que vale puede, por un momento, intercambiarse.
Fuente: Blog de Sofía Castañón

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miércoles, 13 de junio de 2012

Interior metafísico con galletas de Alberto Santamaría por Víctor del Río


Sobre “Interior metafísico con galletas”

“Nos sobran teorías sobre el paisaje” es uno de los versos que leemos en el nuevo libro de poesía de Alberto Santamaría. Otros anteriores, tanto Pequeños círculos (DVD, 2009) como B (El Desvelo, 2011), procedían de un paisaje postindustrial que servía de escenario para su exploración en el lenguaje, capaz de dibujar paisajes sin teoría, y es curioso cómo se vuelve metafísico ahora el escenario de cosas mundanas en este nuevo libro. Una obra prologada por Rosa Benéitez en un magnífico y certero texto que en mi opinión ilumina la poética de Alberto Santamaría. Por su parte, El Gaviero Ediciones vuelve a arropar con una impecable e inconfundible edición esta entrega.
Versos extraídos como objets trouvés de la prosa del mundo, fragmentos reelaborados para ocupar un lugar estratégico en el paisaje de cosas particulares en las que se posa la mirada cuando no estamos viendo en realidad esas cosas sino sus trasfondos. Si tuviéramos que hacer una iconografía del bodegón cubista, como sugería Thomas Crow, encontraríamos curiosas recurrencias objetuales que no distan tanto de las que ponían en marcha los pintores metafísicos o más tarde los surrealistas, y cuyos nombres de puras cosas son ahora los habitantes de un interior del lenguaje, tal como sugiere Rosa Benéitez. Así la obra poética de Alberto Santamaría podría ser la inversión de aquella metafísica de los objetos que en otro tiempo ha sostenido la náusea, lo siniestro, el extrañamiento o el ready made de un arte voluntariamente alienado. Lo metafísico se vuelve aquí un lugar vacío que tiende al humor de la obsolescencia y la desubicación, que nos hace mirar desde la tenaz cotidianidad que ya se encarga de desmitificarnos. La náusea es sólo nuestro propio asco ante la indiferencia de las cosas a nuestro paso. Pero lo que encontramos aquí es la ironía que se deriva de sostener la mirada de tales cosas, o del abismo devolviéndola. Como dirá otro de sus versos, “-Por algo llevas la misma peluca / que las cosas”… Esa tensión se presenta con un viraje hacia la sonrisa imprecisa inscrita en la escena que, como en el azar objetivo de los surrealistas, hace pensar si no habrá alguna voluntad que la organice con el recado de algo cómico que nos advierte.
Fuente: Avistamientos
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domingo, 10 de junio de 2012

Agustín Fernández Mallo y Raúl Quinto escriben sobre Interior metafísico con galletas de Alberto Santamaría


Libros chulos: Interior metafísico con galletas, Alberto Santamaría, edit El Gaviero.
Un libro al que me siento muy afín, empezando por el título, tomado de la pieza de Chirico, El gran interior metafísico con galletas (1915), y terminando por el poema Himno a Ángels Barceló, que pude oír de viva voz la primera vez que el poeta lo leyó, en Morille, allá por 2005. Entre medias, una meditación acerca de la metafísica próxima y muy carnal.
La llamada del metafísico (fragmento)

Sentado así, de esta forma –escribe ella/ mientras el teléfono comienza a sonar/ al otro lado de la casa–,/  tu cuerpo guarda un difícil equilibrio./ Un hámster atrapado en su propio laberinto/ sería un buen ejemplo/ de eso que trato de decirte./ La habitación es demasiado grande para los dos:/ lo adivinamos pronto frente al espejo./ Una cama estrecha. Muebles de época./ Una lámpara de araña en lo alto/ nos impide dejar de mirar hacia el techo:/ alucinados y precisos como máquinas/ tragaperras./ Hay humo por todas partes/ –arquitectura blanca bien hilada–./ Sobre la pantalla del televisor/ sintonizado en un canal de cocina/ nuestra sombra se llena/ lentamente/ de nieve gris/ y ruidosa./ ¿Qué nos habrá traído hasta aquí?/ ¿Qué será eso que nos hipnotiza/ más allá de la materia?/
No es la pregunta/ lo que nos inquieta realmente/ sino el sonido que golpea tus labios/ como agitadas alas de murciélago./ No son las preguntas –ni siquiera sus palabras–/ sino esta melódica sensación de vacío/ que metódicamente nos invade./ Observo su forma de decir/ “en aquel edificio verde viví cuando era joven”/ y luego “algo así como quien interfiere/ en tus pensamientos sin pedir nada a cambio”./
Observo./


Palpando superficies.

Un título certero: Interior metafísico con galletas. El mismo de un cuadro de Giorgio de Chirico. Ambos nos muestran su taller, su sala de máquinas, igual que una alucinación. Santamaría (Torrelavega, 1978) escribe con los dedos, como en braille, palpando la superficie de las cosas, buscando las fisuras o los límites, donde la solidez se convierte en niebla.  Describe, narra lo que sucede, nos enfrenta a la realidad material para ver que tras lo epidérmico se filtra siempre, si sabemos mirar, la profundidad. La filosofía y sus interrogantes acerca del mundo. En los límites de las cosas y las palabras. Nos hace interrogarnos sobre lo que es la naturaleza, la permanencia, el propio sentido de la lengua, mientras vemos el telediario, oímos sonar el teléfono o nos embelesamos con las motas de polvo chocando contra la bombilla. La lección de Wallace Stevens bien aprendida: la realidad como mantra. Pero siempre yendo más allá. Buscando “eso que nos hipnotiza más allá de la materia”(p.25).


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