miércoles, 2 de octubre de 2013

Una lectura emocionada de William Shakespeare, clásico imprescindible

Os dejamos un par de fragmentos de uno de los libros de nuestro catálogo que probablemente transmite mayor deslumbramiento ante el mundo resplandeciente de William Shakespeare. 

Ensayo, poesía y emoción unidos de la mano para bregar con estos tiempos y para seguir celebrando el trabajo de los traductores. 


Y la lección de esas palabras sobre el tema y el problema del Poder, es a mi entender de gran importancia para comprender nuestra vida. No sólo quiénes somos, qué podemos esperar, qué es peligroso y qué benéfico, como seres humanos, lo cual no ha variado mucho desde 1600, sino para reflexionar también sobre quiénes somos hoy, qué es peligroso ahora y qué beneficioso. Porque por encima de las convicciones pasajeras –estimó a Essex y no a Cecil–, como todas y más que ninguna las políticas, lo que Shakespeare revela es el corazón de lo intocable, de lo inviolable: el Derecho Natural.

Como en todos los horizontes de nuestras "preguntas", cómo sale aquí y alumbra el sol de Shakespeare. Sabiduría muy útil en estos momentos de la Historia, la del más grande de los viajeros en el más atroz de los viajes: su travesía de la waste land del Poder. No hay doctrina. Hay esa vida que se desprende de sus páginas, de los escenarios, de las palabras de los actores: la experiencia de un hombre decantada artísticamente, su aventura de sobrevivir al Poder. 

Es conveniente imaginar la Inglaterra de la gran reina Isabel, el fin de los Tudor, que habían garantizado la unidad y la expansión nacionales. Esa unidad y esa formidable expansión, con palabras de lord Tennyson, esos "espaciosos tiempos", iban a lomos del creciente poder de la burguesía, de la alianza de intereses entre la Corona y esa burguesía, sobre las cenizas de la antigua y belicosa aristocracia guerrera. Inglaterra era ya una nación respetada y poderosa, y su poder y su paz requerían la estabilidad de la Corona. Estaban aún muy frescas las heridas de la discordia civil, y no tardarían en volver años desgarrados por nuevos enfrentamientos y matanzas. Del fantasma de esecarne con lo que suceda sobre los escenarios. La vida que allí palpita –como las vísceras de un animal recién sacrificado–, hace nacer en nosotros reflexiones sobre el tema, nos lleva a conjeturas, templa nuestro entendimiento. Shakespeare sabía muy bien cuán importante para una sociedad "habitable" es el Orden; y qué fundamental, para ese orden, el dejar muy claros la naturaleza y los límites del Poder que legitiman a una Corona, porque él conocía el precio que los súbditos pagan por un mal Rey, porque como dice en Hamlet, la Majestad no muere sola: The cess of majesty / Dies not alone, avisará Rosencraft en III, 3. 

Como Velázquez sus pinceles. Shakespeare toma papel y pluma y cumpliendo el lamento de Ricardo II, narra lúgubres historias sobre la muerte de los Reyes, unos depuestos, otros muertos en combate, otros acosados por los espectros de sus víctimas. Y de la sucesión de esas Coronas donde, como él escribe, la muerte tiene su corte, sucesión implacable y a cuyo terrible engarce ni los Reyes pueden sustraerse ni los súbditos escapar a sus consecuencias, vamos a recibir una dura enseñanza, una amarga lección pero necesaria: qué es el Poder y qué lo legitima.


***

¿Cómo traducir a Shakespeare?

Hay que partir de una realidad desconsoladora: es imposible ni siquiera hacer reconocible el inmenso mundo de relámpagos que pone en marcha con sus palabras. A lo mejor que puede llegarse es a una recreación, siempre pobre, siempre incapaz, de ese trallazo que a un inglés –y no digo de quien ha aprendido el inglés, al que siempre le faltará algo–, o angloparlante de nacimiento, y además culto, le saca de su asiento en una representación. 

Pondré un ejemplo, trillado, bien conocido, cuando en Ricardo III empieza éste su parlamento: 

Now is the winter of our discontent 

Made glorious summer by this sun of York 

Veamos el juego: Invierno = arrasamiento de la Naturaleza; Verano = esplendor de la misma, y de todo; ese juego, es bastante intraducible. Pero el juego con el sol de York, cuyo sonido –el de sun–, puede ser sol o hijo (son)–, le daba a un isabelino la imagen en su cabeza de que el hijo-sol de York había cerrado aquella etapa desastrosa y abría la plenitud vital de esta.

¿Cómo traducirlo?: La desventura inhabitable como el Invierno de nuestro pasado es ahora un Verano feraz por el sol que irradia este hijo de la casa de York. Y tampoco sería

José María Álvarez, Sobre Shakespeare, 2006


Todos nuestros libros en 
www.elgaviero.com