sábado, 23 de junio de 2012
Dos poemas de Martín Espada para celebrar el día E
viernes, 4 de mayo de 2012
golpes de conciencia
Traducción: Diego Zaitegui y Pedro J. Miguel
Ilustración: Carlos Horacio Valera
ISBN: 978-84-936617-3-1
PVP: 20 €
domingo, 8 de abril de 2012
Se abre el telón y aparecen...
sábado, 31 de marzo de 2012
Un poema de Martín Espada en Sillón Voltaire
"Nos cuentan muchos cuentos pero... ¿cuánto hace que alguien no te cuenta una historia?"
El sillón Voltaire llena las tardes de los miércoles de ficción, narrativa, de historias que suceden o que podrían haber sucedido.Un programa de radio del Círculo de Bellas Artes (Madrid). Los miércoles, de 17.00 a 18.00 en Radio Círculo.
+ sobre Sofía Castañón
+ sobre Soldados en el jardín
lunes, 30 de enero de 2012
Un poema de Martín Espada para el Día de la Paz
![]() |
| Diseno de portada: Carlos Valera |
jueves, 17 de marzo de 2011
Soldados en el jardín por Jorge Aguilera López
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Soldados en el jardín Martín Espada, El Gaviero Ediciones, España, 2009 |
| Por Jorge Aguilera López |
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viernes, 3 de diciembre de 2010
De cómo Carlos Horacio Valera creo una portada gaviera
- Cover of "Soldados en el jardín". Poems by Martín Espada.Called the Latino poet of his generation and the Pablo Neruda of North American authors, Martín Espada was born in Brooklyn, New York in 1957. He has published seventeen books in all as a poet, editor, essayist and translator. www.martinespada.net/
Illustration made by hand and manipulated in Photoshop to give the appearance of airbrushed like an old revolutionary image.
Technical DataFirst edition, 666 copies.124 pages.17 x 22 cm.Paper: 1.65 Coral white book of 90 gr.Cover: cardboard Chromocard 300 gr.Types: Garamond.


References and inspiration.




sábado, 11 de septiembre de 2010
Poesía para el 11-S

Alabanza para la sección 100
para los 43 afiliados de la Sección 100 del Sindicato de Trabajadores de Hoteles y Restaurantes, que trabajaban en el restaurante Windows on the World y que perdieron sus vidas en el ataque contra las Torres Gemelas
¡Alabanza! Alabado sea el cocinero rapado
y tatuado en el hombro con la palabra Oye,
un puertorriqueño de ojos azules con familia en Fajardo,
un puerto de piratas siglos atrás.
Alabado sea el faro de Fajardo, una vela
que brilla blanca para rendir culto al oscuro santo del mar.
¡Alabanza! Alabada sea la gorra amarilla de los Piratas de Pittsburgh
que el cocinero lucía en nombre de Roberto Clemente, y su avión
incendiado en mitad del océano cargado con latas para Nicaragua,
para todas esas bocas que sólo masticaban cenizas de seísmos.
¡Alabanza! Alabada sea la radio de la cocina, conectada
antes que el horno, para que la música y el español
subieran antes que el pan. Alabado sea el pan. ¡Alabanza!
Alabado sea Manhattan desde lo alto del piso 107,
como una Atlántida vislumbrada desde un acuario antiguo.
Alabados sean los ventanales de la cocina donde los inmigrantes
entornaban los ojos y casi veían su mundo, y oían el canto de las naciones:
Ecuador, México, República Dominicana,
Haiti, Yemen, Ghana, Bangladesh.
¡Alabanza! Alabada sea la cocina matutina,
donde el gas brillaba azul en cada fogón
y los extractores disparaban sus diminutas hélices,
las manos cascaban huevos con rápidos pulgares
o descuartizaban cajas de cartón para levantar un altar de latas.
¡Alabanza! Alabada sea la música del ayudante, el tintineo
de la vajilla y la cubertería en el barreño.
¡Alabanza! Alabado sea el fregón, el friegaplatos
que trabajó esa mañana porque otro friegaplatos
no dejaba de toser, o porque necesitaba horas extra
apilando sacos de arroz y frijoles para una familia
que flotaba a la deriva en alguna isla caribeña plagada de ranas.
¡Alabanza! Alabada sea la mesera que escuchaba la radio en la cocina
y cantaba para sí misma sobre un hombre que se fue. ¡Alabanza!
Despúes del trueno más salvaje que el trueno,
despúes del profundo temblor en el vidrio de los ventanales,
despúes de que la radio callara como un árbol lleno de ranas aterradas,
despúes de que la noche reventara el dique del día e inundara la cocina,
por un tiempo brillaron los fogones en lo oscuro como el faro de Fajardo,
como el alma del cocinero. Alma, digo, aunque los muertos no puedan hablarnos
de los pelos erizados en la barba de Dios, porque Dios no tiene rostro,
alma, digo, para nombrar a los seres de humo lanzados en constelaciones
a través del cielo nocturno de esta ciudad y de ciudades venideras.
¡Alabanza!, digo, aunque Dios no tenga rostro.
¡Alabanza! Cuando la guerra comenzó, desde Manhattan y Kabul
dos constelaciones de humo se levantaron y se acercaron a la deriva,
mezclándose en el aire helado, y una dijo en afgano:
–Enséñame a bailar. No tenemos música aquí.
Y la otra contestó en español:
–Yo te enseñaré. Música es todo lo que tenemos.
Martín Espada, de Soldados en el jardín, El Gaviero Ediciones.
(Traducción: Diego Zaitegui y Pedro J. Miguel).





